miércoles, 18 de octubre de 2017

MI DIFÍCIL VIDA CON LA MEMORIA

Soy mal público para mi memoria.
Quiere que continuamente escuche su voz,
y yo no dejo de moverme, carraspeo,
escucho y no escucho,
salgo, regreso y vuelvo a salir.

Quiere ocupar mi atención y mi tiempo por completo.
Cuando duermo le resulta fácil.
De día, depende, y eso le molesta un poco.

Me desliza insistente antiguas cartas, fotografías,
trata hechos importantes y sin importancia,
pone la mirada en paisajes inadvertidos,
los puebla con mis muertos.

En sus historias siempre soy más joven.
Es agradable, sólo que para qué seguir insistiendo en eso.
Los espejos me dicen otra cosa.

Se enfurece cuando me encojo de hombros.
Y, vengativa, me echa en cara todos mis errores,
graves, luego fácilmente olvidados.
Se mira a los ojos, espera a ver qué digo.
Al final me consuela con que pudo haber sido peor.

Quiere que viva ya sólo con ella y para ella.
De preferencia en una habitación oscura y cerrada,
y en mis planes hay siempre un sol presente,
nubes actuales, caminos en curso.

A veces estoy harta de su compañía.
Le propongo separarnos. Desde hoy y para siempre.
Entonces sonríe compasiva,
pues sabe que para mí también sería una condena.


Wislawa Szymborska

lunes, 27 de marzo de 2017

UNA TARDE

El último domingo de febrero me acerqué a casa de J. y G. a comer. La casa es la de siempre pero no está como antes. Prepararon algo de pasta y G. decía que no estaba buena. Era mentira. Mis amigos cocinan mejor que yo y les quiero y les odio por eso. 

Hablamos de cosas triviales: los viajes, la puesta al día, las idioteces; la amistad. Después de comer pasamos al rutinario repaso de vídeos y canciones que siempre creen necesario que vea y escuche para el alimento de mi intelecto. La mayoría de las veces no les hago caso, sobre todo a G., que se empeña con ahínco en que me guste al primer vistazo todo lo que termina y empieza por rap pero que rara vez lo consigue. A la mayoría de sus gustos me sumo con efecto retardadísimo. 

- «Joder, G., es escuchar Formation y entrarme unas ganas locas de ser negra»
- «Been there since 2006, nigga»

Aquel domingo me estuvieron enseñando vídeos de Gata Cattana aunque creo que no era la primera vez que la escuchaba. También de Pedro Ladroga bailando con-la-Ca-tta-na

El martes anterior al viaje de mis primeros carnavales en doce años, y cuando ellos ya estaban en Nueva Orleans, salí pronto de trabajar, sobre las cinco y cuarto, y me fui al gimnasio. Venía H. a buscarme porque le llevaba unos libros, creo. «Te acompaño hasta la entrada del gimnasio y después me voy a hacer fotocopias». Cuando llegamos había una ambulancia en la entrada, circunstancia bastante común al ser este un barrio de arrugas. Los sanitarios estaban algo despistados. Tenían que entrar y llegar a un punto del mercado pero no sabían exactamente por dónde subir. Mi gimnasio está en la tercera planta de un mercado tradicional. Es sitio de bíceps y de lechugas. Cuando pasé el torno vi a un grupo reunido en torno a alguien que parecía estar tendido en el suelo junto a la escalera que conduce a los estudios de la segunda planta. Un monitor hacía la reanimación a una chica de piel muy blanca y pelo muy moreno. Joven. Le habían colocado una serie de parches sobre el tórax por si fuese necesario el desfibrilador. Me enteré después de que no habían conseguido activarlo porque detectaba un pulso muy débil. Tenía un tubito en la boca. «Sólo tiene 25 años». Algunos monitores andaban despacio, en círculos, sonriendo: «No pasa nada. Tranquilos. Cosas que pasan». No éramos muchos los que estábamos por allí. Me metí en el vestuario a cambiarme, impotente, diciéndome «joder, joder, joder». No sé por dónde me metí la camiseta. La limpiadora, siempre discreta, lloraba mientras le pedían papel absorbente. Las situaciones delicadas tienen algo de caos obsceno. A dónde ir, a dónde mirar, qué hacemos. Cuando se hicieron cargo los del SAMUR, las gallinas sin cabeza nos dispersamos. Le habían abierto una salida de aire directamente desde el pulmón. Subimos al estudio para levantar pesas aunque sin sentirnos bien por pestañear. 

Se la llevaron viva pero muy grave. Falleció a los dos días. La autopsia determinó, me han contado, que una alergia le había inflamado las vías respiratorias y la dejó en parada. En aquel momento no la reconocí. Hay gente que no merece morir pronto pero ella menos.

martes, 28 de febrero de 2017

ELLA SIEMPRE ESTÁ, DE JOSE GONZÁLEZ

Hace unos días H. y yo fuimos a la presentación de Ella siempre está, de Jose González, en la librería madrileña Tipos Infames. La primera impresión que te llevas de Jose es que se trata de una persona atenta y cariñosa pero eso ya me lo había chivado H., así que aquí no hay exclusiva. Presentaba el libro, amén del editor, Gabriela Ybarra. Gabriela publicó hace un par de años El comensal (ed. Caballo de Troya), librito al que hace tiempo tengo ganas leer. Gabriela es dulce y educada. Daban ganas de abrazarlos e invitarlos a cervezas.  Todo junto.
Por oficio me he tragado decenas (¿cientos?) de presentaciones así que siempre es un alivio y una vía de escape encontrarte con alguna que no te aburre hasta el suspiro sonoro. Arrancaron la charla sobre el libro con una canción (mi memoria de pez no recuerda cuál es) al piano, rica en contraste. También intercalaron algunos fragmentos de video de una entrevista de Carl C. Jung, interesantísima. Esta sí la he encontrado porque Google es maravilloso. 
Hablaban Gabriela y Jose sobre la herencia familiar, mencionada en el libro. Como aún no he tenido tiempo de leerlo, aunque lo haré, no puedo citar literalmente  lo que comentaban pero decían algo así como «no tenemos suficiente con la herencia de los vivos como para que ahora nos caiga encima la herencia de los muertos». Pensé entonces que la herencia de los vivos puede ser irritante y castrante: las expectativas, lo que debes ser, los mandatos, lo que esperan de ti aquellos que están por encima... La herencia de los muertos es incluso peor. Con la herencia de los vivos también conviven los defectos de éstos que, en el mejor de los casos, se toleran. Con la herencia de los muertos sólo queda cohabitar con el recuerdo: genérico, descafeinado, dulce, distante, filtrado… Una putada. De repente se encuentra uno con objetos inútiles pero valiosísimos repartidos por las estanterías y compartiendo espacio con regalos que no pediste de los vivos que un día serán muertos, tradiciones que tendrás que guardar por respetuosa perpetuación de quienes no están, y espacios a los que volver, siempre y cada año, un poquito más. Quedas esclavizado, en resumen, por un montón de circunstancias a las que, en vida del difunto en cuestión, nunca hiciste el menor caso porque no encajaban con el. La herencia de los muertos te echa más cuerda encima de la que ya te meten al nacer y un día oyes hablar de un libro y te preguntas: ¿En qué momento voy a crear una herencia propia?

lunes, 23 de enero de 2017

AD INFINITUM

Still I bring flowers
Although you fling them at my feet
Until none stays
That is not struck across with wounds:
Flowers and flowers
That you may break them utterly
As you have always done.

Sure happily
I still bring flowers, flowers,
Knowing how all
Are crumpled in your praise
And may not live
To speak a lesser thing.

by William Carlos Williams

sábado, 10 de diciembre de 2016

AUTOBUSES

Un señor se agarra a la barandilla con la mano derecha. Por dedo índice tiene un muñón. Hay una chica que vive en el barrio. Es dependienta de mi tienda favorita pero su cara dice que es demasiado inteligente para el puesto que ocupa. Va con un chico. Hacen buena pareja. Un señor tiene el ojo derecho gris. La anciana que se sienta a mi lado no para de murmurar, molesta, se revuelve. Desearía poder coger un taxi pero no se lo puede permitir. Una mujer latinoamericana habla a su bebé. El bebé sonríe. Una pareja de mediana edad va cargada de bolsas. Regalos de Navidad. Madrid es una casa en Navidad. Aunque esté abarrotada de gente. Aunque no tenga mar. 

martes, 22 de noviembre de 2016

GENTE

Hay gente que va caminando al trabajo y pasea por su barrio al terminar el turno saludando al panadero, al frutero y al mecánico. Hay gente que el día de Nochebuena prepara el postre, se pone los guantes y el abrigo, y camina sonriente hacia la casa de sus suegros con vestido de terciopelo y encajes en el cuello. Hay gente que no pasa frío. Hay gente que bebe una copa de vino frente al televisor, con la cara limpia, por delante del tiempo. Hay gente que viste con jersey de lana y siempre tiene las manos descansadas. Hay gente que tiene tiempo de pedir comida para cenar, un día cualquiera, y recoge el salón, limpia la cocina y duerme ocho horas y media. Hay gente que madruga los domingos para leer mientras amanece y no se le nota en las ojeras. Hay gente que soporta más de tres días nublados. Hay gente que llega a la hora de la ducha con las mismas ganas que a la hora del café. Hay gente que recibe palabras desagradables de otra gente y sigue caminando y sigue sonriendo. Hay gente que dice porque siempre puede decir . Hay gente que encaja tareas dentro de otras tareas y no tiene que respirar desde el estómago los diez minutos siguientes. Hay gente a la que no se le cargan los hombros. Hay gente diligente, proactiva, fructífera, resiliente, productiva, operativa, vespertina, rentable. Hay gente que pasea pensativa cuando otros corren. Hay gente feliz.

jueves, 27 de octubre de 2016

HOJAS DE HIERBA


«He aquí lo que debes hacer:
Amarás a la tierra y al sol y a los animales.
Despreciarás las riquezas.
Darás limosnas a todo el que las pida.
Defenderás a los imbéciles y a los locos.
Dedicarás a los otros tus ganancias y tu trabajo.
Odiarás a los tiranos.
No disputarás sobre Dios.
Tendrás paciencia e indulgencia para con las gentes.
No rendirás homenaje a cosa alguna conocida o desconocida, ni a ningún hombre o conjunto de hombres.
Te juntarás libremente con las personas vigorosas e indoctas, y con los jóvenes, y con las madres de familia.
Leerás estas Hojas al aire libre, en todas las estaciones de todos los años de tu vida.
Liarás nuevo examen de todo cuanto te hayan dicho en las aulas o en las iglesias o en cualquier libro.
Desecharás todo aquello que ofenda a tu propia alma.
Y tu carne misma será un gran poema y poseerá la más abundante soltura no sólo en sus palabras, sino también en las líneas silenciosas de sus labios y de su rostro, y entre las pestañas de tus ojos, y en todos los movimientos y coyunturas de tu cuerpo...»


Hojas de hierba (Alianza Editorial), de Walt Withman


martes, 30 de agosto de 2016

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Ser hijo es simular que ignoras las miserias de tus padres

miércoles, 24 de agosto de 2016

Sobre el artículo «La cultura de la violación y la locura», de Barbijaputa

La primera advertencia que recibí, o la primera que recuerdo, fue a los nueve o diez años cuando nuestros padres comenzaron a darnos permiso para ir al cine con nuestros amigos previo trato de irnos a buscar al terminar la película. «No vayas al baño sola». Con esa edad sospechaba que habría ladrones de niños, con caramelos de los malos, escondidos en los váters y acechando para cuando hubiese descanso en 'Titanic'. No me concretaban el por qué del peligro y yo tampoco lo preguntaba. Fue el motivo primigenio por el cual, al menos en mi círculo, siempre fuimos acompañadas. Después llegaron los «puedes quedarte hasta las ‘x’ horas pero si te vas a volver sola puedes venir cuando se vengan Fulanito o Menganita.» Resulta que el último que entraba en casa era Fulanito porque antes nos dejaba a Fulanita y a mí en nuestros portales (¡Gracias, Fulanitos!). Después los: «toca el telefonillo aunque tengas llaves para saber que subes», «yo te llevo» o «te doy dinero para el taxi pero no vengas caminando».

Hasta aquí son libres de pensar que mis padres son una rara avis que me ataban a la pata de la cama en días alternos y en fiestas de guardar. Ok. 

Después llega la Universidad y el Colegio Mayor. Fuera de casa, lejos de nuestro círculo familiar, más consejos: «No crucéis el Parque del Oeste solas cuando se haga de noche». En invierno en Madrid anochece antes de las 18.30h así que pueden suponer que era una hora loca para ser consciente de que estás cometiendo una imprudencia al volver de hacer fotocopias en Dodaes. También llegaron las noches de discoteca (o fiestas en colegios colindantes) y los: 

- Me voy ya. 
- ¿Sola?
- Sí, no te preocupes. 
- No, te acompaño (¡Gracias, amigos!) – o, en su defecto, los: 
- Ok, pero dame un toque cuando llegues.

Esto era una petición que nosotras nos hacíamos (hacemos) entre nosotras pero que nunca hicimos a nuestros amigos. Y durante todos esos años, y hasta hoy, las historias de los portales, los ascensores y de los garajes o de los «no me apetecía pero…», los «no me quiero quedar sola con él así que no te vayas» a relativos desconocidos y los «cuando voy caminando de noche finjo que hablo por teléfono y me coloco las llaves entre los nudillos». Debo tener, también, amigas y conocidas muy locas. 

En la casa en la que vivo ahora tengo que caminar algo más de cinco minutos desde el Metro hasta el portal (y no siempre funcionan todas las farolas, Carmena) así que si sé que voy a volver de noche suelo reservar un presupuesto para los taxis. (Inciso: gracias a esos taxistas, también locos, que me han dicho en algún momento de mi vida los «no te preocupes. Doy la vuelta para dejarte en el portal» o «espero a que entres que no me gusta el que viene por ahí». Mis besos y abrazos desde aquí).

Así que durante toda la vida tienes el tufillo a miedo tras la espalda y rehusas hablar de este tipo de detalles en parte porque te da muchísima pereza explicar una sensación que no se puede explicar, en parte porque sabes de antemano que hay personas que no lo van a entender nunca, en parte porque crees que eres una miedica y que estás loca. Pero, queridos, el problema está en que ellos no son cuatro locos. Y nosotras tampoco.

viernes, 8 de julio de 2016

PAPÁ, MAMÁ Y EL PUEBLO

Mis padres nacieron con unos años de diferencia en dos islas diferentes. Mi padre es un poco mayor que mi madre. Durante su infancia y juventud estuvo en contacto con la tierra (las huertas, los productos que no pasan por Sanidad) y estuvo en contacto con el mar (la pesca, los años en los que aún se podía mariscar). Desde entonces ha desarrollado unas cuantas habilidades en parte favorecidas por el entorno, en parte propiciadas por haber tenido dos hijas de ciudad: pescar, cazar, arreglar desperfectos aleatorios y hacer la declaración de la renta (esto último sí que es consecuencia directa de la parte en la que tuvo dos hijas toletas). Alguna vez le he dicho, medio en broma medio en serio, que tenemos que irnos juntos de retiro estilo El último superviviente para que me transmita los conocimientos necesarios por si llegase el apocalipsis. 
Mi madre, en cambio, nació en Las Palmas. Capitalina, como yo, aunque, por lo que me cuentan, tengo la sensacion de que nació en una época en la que la ciudad todavía guardaba cierta dignidad de pueblo; intimidad calmada. Si bien no era un pueblo, la vida se movía en el sistema de barrios. Mi madre pasó mucho tiempo con mi bisabuela, supongo, por aquel carácter que tuvieron de familia numerosa en el que los niños se encajaban como podían. Mi madre se sabe muchos trucos de memoria: así se cocinaba antes, así se iba antes, así se cosía antes, así se comía antes, así se hacía antes. Antes, antes, antes. A mí me encanta el antes y, de hecho, tengo nostalgia de épocas y momentos que no viví.

Yo no tengo ningún pueblo-pueblo. En Canarias no está muy extendido el concepto de "mi pueblo", quizás, porque estamos a medio camino de todo. Nací ya en una ciudad grande. Con suerte de mar, sin duda, y con carácter isleño, menos duda aún, pero grande. Las ciudades grandes tienen unos cuantos códigos inamovibles: hay que ir limpios, "no vayas sola", "te paso a recoger" y todo ello conlleva cierto nivel de libertad cohartada. Nunca tuve pueblo, como decía, pero sí sensación de pueblo. Cuando íbamos a Fuerteventura, mi hermana y yo, estábamos en contacto con la tierra y estábamos en contacto con el mar (NOTA: con el verdadero mar y no con el metro cuadradado que te queda después de sortear quince alemanes en cualquier bonita playa grancanaria). Corralejo no tenía semáforos y tenía fiestas (¡esas fiestas de pueblo!). A veces caían duchas con una manguera, escalada de árbol para robar higos, viajes en el barco de abuelo, baños en altamar o acampada en la playa con aseamiento básico bajo garrafa de agua. Llevábamos incluso "ropa de Fuerteventura" (la sigo llevando) aunque allí se supiese que "esa ropa no es de aquí". Fuerteventura era (es) nuestro coto del lado salvaje de la vida, siendo niñas de ciudad. 

Por eso me ha gustado tanto este artículo. Yo no tenía pueblo pero mi sensación de pueblo es mi patria.