lunes, 23 de enero de 2017

AD INFINITUM

Still I bring flowers
Although you fling them at my feet
Until none stays
That is not struck across with wounds:
Flowers and flowers
That you may break them utterly
As you have always done.

Sure happily
I still bring flowers, flowers,
Knowing how all
Are crumpled in your praise
And may not live
To speak a lesser thing.

by William Carlos Williams

sábado, 10 de diciembre de 2016

AUTOBUSES

Un señor se agarra a la barandilla con la mano derecha. Por dedo índice tiene un muñón. Hay una chica que vive en el barrio. Es dependienta de mi tienda favorita pero su cara dice que es demasiado inteligente para el puesto que ocupa. Va con un chico. Hacen buena pareja. Un señor tiene el ojo derecho gris. La anciana que se sienta a mi lado no para de murmurar, molesta, se revuelve. Desearía poder coger un taxi pero no se lo puede permitir. Una mujer latinoamericana habla a su bebé. El bebé sonríe. Una pareja de mediana edad va cargada de bolsas. Regalos de Navidad. Madrid es una casa en Navidad. Aunque esté abarrotada de gente. Aunque no tenga mar. 

martes, 22 de noviembre de 2016

GENTE

Hay gente que va caminando al trabajo y pasea por su barrio al terminar el turno saludando al panadero, al frutero y al mecánico. Hay gente que el día de Nochebuena prepara el postre, se pone los guantes y el abrigo, y camina sonriente hacia la casa de sus suegros con vestido de terciopelo y encajes en el cuello. Hay gente que no pasa frío. Hay gente que bebe una copa de vino frente al televisor, con la cara limpia, por delante del tiempo. Hay gente que viste con jersey de lana y siempre tiene las manos descansadas. Hay gente que tiene tiempo de pedir comida para cenar, un día cualquiera, y recoge el salón, limpia la cocina y duerme ocho horas y media. Hay gente que madruga los domingos para leer mientras amanece y no se le nota en las ojeras. Hay gente que soporta más de tres días nublados. Hay gente que llega a la hora de la ducha con las mismas ganas que a la hora del café. Hay gente que recibe palabras desagradables de otra gente y sigue caminando y sigue sonriendo. Hay gente que dice porque siempre puede decir . Hay gente que encaja tareas dentro de otras tareas y no tiene que respirar desde el estómago los diez minutos siguientes. Hay gente a la que no se le cargan los hombros. Hay gente diligente, proactiva, fructífera, resiliente, productiva, operativa, vespertina, rentable. Hay gente que pasea pensativa cuando otros corren. Hay gente feliz.

jueves, 27 de octubre de 2016

HOJAS DE HIERBA


«He aquí lo que debes hacer:
Amarás a la tierra y al sol y a los animales.
Despreciarás las riquezas.
Darás limosnas a todo el que las pida.
Defenderás a los imbéciles y a los locos.
Dedicarás a los otros tus ganancias y tu trabajo.
Odiarás a los tiranos.
No disputarás sobre Dios.
Tendrás paciencia e indulgencia para con las gentes.
No rendirás homenaje a cosa alguna conocida o desconocida, ni a ningún hombre o conjunto de hombres.
Te juntarás libremente con las personas vigorosas e indoctas, y con los jóvenes, y con las madres de familia.
Leerás estas Hojas al aire libre, en todas las estaciones de todos los años de tu vida.
Liarás nuevo examen de todo cuanto te hayan dicho en las aulas o en las iglesias o en cualquier libro.
Desecharás todo aquello que ofenda a tu propia alma.
Y tu carne misma será un gran poema y poseerá la más abundante soltura no sólo en sus palabras, sino también en las líneas silenciosas de sus labios y de su rostro, y entre las pestañas de tus ojos, y en todos los movimientos y coyunturas de tu cuerpo...»


Hojas de hierba (Alianza Editorial), de Walt Withman


martes, 30 de agosto de 2016

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Ser hijo es simular que ignoras las miserias de tus padres

miércoles, 24 de agosto de 2016

Sobre el artículo «La cultura de la violación y la locura», de Barbijaputa

La primera advertencia que recibí, o la primera que recuerdo, fue a los nueve o diez años cuando nuestros padres comenzaron a darnos permiso para ir al cine con nuestros amigos previo trato de irnos a buscar al terminar la película. «No vayas al baño sola». Con esa edad sospechaba que habría ladrones de niños, con caramelos de los malos, escondidos en los váters y acechando para cuando hubiese descanso en 'Titanic'. No me concretaban el por qué del peligro y yo tampoco lo preguntaba. Fue el motivo primigenio por el cual, al menos en mi círculo, siempre fuimos acompañadas. Después llegaron los «puedes quedarte hasta las ‘x’ horas pero si te vas a volver sola puedes venir cuando se vengan Fulanito o Menganita.» Resulta que el último que entraba en casa era Fulanito porque antes nos dejaba a Fulanita y a mí en nuestros portales (¡Gracias, Fulanitos!). Después los: «toca el telefonillo aunque tengas llaves para saber que subes», «yo te llevo» o «te doy dinero para el taxi pero no vengas caminando».

Hasta aquí son libres de pensar que mis padres son una rara avis que me ataban a la pata de la cama en días alternos y en fiestas de guardar. Ok. 

Después llega la Universidad y el Colegio Mayor. Fuera de casa, lejos de nuestro círculo familiar, más consejos: «No crucéis el Parque del Oeste solas cuando se haga de noche». En invierno en Madrid anochece antes de las 18.30h así que pueden suponer que era una hora loca para ser consciente de que estás cometiendo una imprudencia al volver de hacer fotocopias en Dodaes. También llegaron las noches de discoteca (o fiestas en colegios colindantes) y los: 

- Me voy ya. 
- ¿Sola?
- Sí, no te preocupes. 
- No, te acompaño (¡Gracias, amigos!) – o, en su defecto, los: 
- Ok, pero dame un toque cuando llegues.

Esto era una petición que nosotras nos hacíamos (hacemos) entre nosotras pero que nunca hicimos a nuestros amigos. Y durante todos esos años, y hasta hoy, las historias de los portales, los ascensores y de los garajes o de los «no me apetecía pero…», los «no me quiero quedar sola con él así que no te vayas» a relativos desconocidos y los «cuando voy caminando de noche finjo que hablo por teléfono y me coloco las llaves entre los nudillos». Debo tener, también, amigas y conocidas muy locas. 

En la casa en la que vivo ahora tengo que caminar algo más de cinco minutos desde el Metro hasta el portal (y no siempre funcionan todas las farolas, Carmena) así que si sé que voy a volver de noche suelo reservar un presupuesto para los taxis. (Inciso: gracias a esos taxistas, también locos, que me han dicho en algún momento de mi vida los «no te preocupes. Doy la vuelta para dejarte en el portal» o «espero a que entres que no me gusta el que viene por ahí». Mis besos y abrazos desde aquí).

Así que durante toda la vida tienes el tufillo a miedo tras la espalda y rehusas hablar de este tipo de detalles en parte porque te da muchísima pereza explicar una sensación que no se puede explicar, en parte porque sabes de antemano que hay personas que no lo van a entender nunca, en parte porque crees que eres una miedica y que estás loca. Pero, queridos, el problema está en que ellos no son cuatro locos. Y nosotras tampoco.

viernes, 8 de julio de 2016

PAPÁ, MAMÁ Y EL PUEBLO

Mis padres nacieron con unos años de diferencia en dos islas diferentes. Mi padre es un poco mayor que mi madre. Durante su infancia y juventud estuvo en contacto con la tierra (las huertas, los productos que no pasan por Sanidad) y estuvo en contacto con el mar (la pesca, los años en los que aún se podía mariscar). Desde entonces ha desarrollado unas cuantas habilidades en parte favorecidas por el entorno, en parte propiciadas por haber tenido dos hijas de ciudad: pescar, cazar, arreglar desperfectos aleatorios y hacer la declaración de la renta (esto último sí que es consecuencia directa de la parte en la que tuvo dos hijas toletas). Alguna vez le he dicho, medio en broma medio en serio, que tenemos que irnos juntos de retiro estilo El último superviviente para que me transmita los conocimientos necesarios por si llegase el apocalipsis. 
Mi madre, en cambio, nació en Las Palmas. Capitalina, como yo, aunque, por lo que me cuentan, tengo la sensacion de que nació en una época en la que la ciudad todavía guardaba cierta dignidad de pueblo; intimidad calmada. Si bien no era un pueblo, la vida se movía en el sistema de barrios. Mi madre pasó mucho tiempo con mi bisabuela, supongo, por aquel carácter que tuvieron de familia numerosa en el que los niños se encajaban como podían. Mi madre se sabe muchos trucos de memoria: así se cocinaba antes, así se iba antes, así se cosía antes, así se comía antes, así se hacía antes. Antes, antes, antes. A mí me encanta el antes y, de hecho, tengo nostalgia de épocas y momentos que no viví.

Yo no tengo ningún pueblo-pueblo. En Canarias no está muy extendido el concepto de "mi pueblo", quizás, porque estamos a medio camino de todo. Nací ya en una ciudad grande. Con suerte de mar, sin duda, y con carácter isleño, menos duda aún, pero grande. Las ciudades grandes tienen unos cuantos códigos inamovibles: hay que ir limpios, "no vayas sola", "te paso a recoger" y todo ello conlleva cierto nivel de libertad cohartada. Nunca tuve pueblo, como decía, pero sí sensación de pueblo. Cuando íbamos a Fuerteventura, mi hermana y yo, estábamos en contacto con la tierra y estábamos en contacto con el mar (NOTA: con el verdadero mar y no con el metro cuadradado que te queda después de sortear quince alemanes en cualquier bonita playa grancanaria). Corralejo no tenía semáforos y tenía fiestas (¡esas fiestas de pueblo!). A veces caían duchas con una manguera, escalada de árbol para robar higos, viajes en el barco de abuelo, baños en altamar o acampada en la playa con aseamiento básico bajo garrafa de agua. Llevábamos incluso "ropa de Fuerteventura" (la sigo llevando) aunque allí se supiese que "esa ropa no es de aquí". Fuerteventura era (es) nuestro coto del lado salvaje de la vida, siendo niñas de ciudad. 

Por eso me ha gustado tanto este artículo. Yo no tenía pueblo pero mi sensación de pueblo es mi patria.

martes, 29 de marzo de 2016

LA NADA

Me callé algunas cosas y ellas creen que estoy loca, que soy tonta y que no te conocí. ¿Tú lo callaste todo? Lo callaste todo.
- ¿Qué sabe ella?
- Lo que saben los demás.
Ahora soy dueña de lo que no sabe amén de lo que sé.
Ellas me miran de lado. Sonríen. «¡Oh! Ahí va con el corazón roto y la tapadera a un lado», y me ven con mi vestido de novia y el pelo cano, arrastrando tierra seca. Las novias o las nadas. Y yo para ellas soy la nada.
A veces me acuerdo de algunas cosas buenas. Hice una lista (¡una lista!) y la borré sólo por el placer de permitirme olvidar. Ahí se fueron mis recuerdos, en menos de lo que dura una palmada, ya sabes, pero aún así me miran con cara de «eso nunca me pasará a mí
». Las mejores hostias son las que no ves venir.
Ellas creen que no me atreví a nada. O a poco. Creen que soy uno de los pájaros que volaba sobre la cabeza de Cenicienta. Todo pluma azul, todo irrealidad, todo estupidez. Te enterré pronto y en privado. «No es verdad, no es verdad.» Ellas se ven fuertes. Aconsejan como si no estuvieran ajadas, usadas y malheridas, por partida doble. Hablan como si no tuvieran la cara colorada.
Lo último, lo penúltimo, fue una cucharada de café con aceite de ricino. Lo definitivo, gota. Chico: lo que pica, cura.
No creías que me olvidaría de tanto. Qué gracia. Los papeles, la tortilla; todo ese rollo. A veces abro el armario de la cocina y ahí estás. Una silla, una mesa alargada, un mantel de otro siglo, langostinos fríos. A veces recuerdo un corte de pelo. Cinco o doce bromas. Un sombrero de paja. La foto del resto del agua en las baldosas rojas. El jersey. Un corte de manga. Las cejas de la ironía. Un boceto no muy conseguido. Dos letras seguidas. La camiseta. Me miro el trozo de piel seca y sonrío a la ausencia. Ellas se ven resabidas. Resabias. Se complacen. Se ajustan la rebeca. Se peinan los brazos.
¡Eh! Al final del día, la verdad, chico, es que no me acuerdo ni de lo último que me dijiste.

miércoles, 16 de marzo de 2016

MY FIRST NAME AIN'T BABY

«El tipo que me grita desde la ventanilla del coche a toda velocidad "eh, nena" no busca una finalidad en concreto. Aunque me gustaran los misóginos asquerosos y quisiera tener la oportunidad de darle mi número, no la tendría: el tipo ni siquiera se plantea reducir la velocidad. No es un problema para él, ya que en realidad no pretendía ligar conmigo, ni proponerme nada ni iniciar una conversación conmigo. Su único objetivo era recordarme a mí y a todas las mujeres que nuestros cuerpos son suyos para poder contemplarlos, opinar y comentar sobre ellos e incluso tocarlos. "Eh, nena" es la primera parte de una frase que finaliza con "este es el mensaje diario que te envía el patriarcado recordándote que tu cuerpo es propiedad pública".»

My First Name Ain't Baby: "Hey Baby" and Street Harrassment (No me llamo nena: "Eh, Nena" y el acoso callejero)

viernes, 5 de febrero de 2016

AMPLIACIÓN DEL CAMPO DE BATALLA

"A ti también te interesó el mundo. Fue hace mucho tiempo; te pido que lo recuerdes. El campo de la norma ya no te bastaba; no podías seguir viviendo en el campo de la norma; por eso tuviste que entrar en el campo de batalla. Te pido que te remontes a ese preciso momento. Fue hace mucho tiempo, ¿no? Acuérdate: el agua estaba fría.
Ahora estás lejos de la orilla: ¡ah, sí, qué lejos estás de la orilla! Durante mucho tiempo has creído en la existencia de otra orilla; ya no. Sin embargo sigues nadando y con cada movimiento estás más cerca de ahogarte. Te asfixias, te arden los pulmones. El agua te parece cada vez más fría, y sobre todo cada vez más amarga. Ya no eres tan joven. Ahora vas a morir. No pasa nada. Estoy ahí. No voy a abandonarte. Sigue leyendo.
Vuelve a acordarte, una vez más, de tu entrada en el campo de batalla."

Ampliación del campo de batalla (Anagrama), de Michel Houellebecq