miércoles, 18 de noviembre de 2009

Reflexiones en la ciento tres.

Me pongo el reloj en la muñeca derecha. Al jugar al solitario en el ordenador siempre coloco los ases en el siguiente orden: picas, corazones, tréboles y rombos. Desde que empecé a memorizar apuntes utilizo la misma escala de colores para subrayar. Cuando cierro la verja del garaje de la casa de Corralejo, el gancho tiene que quedar colocado a la izquierda. Mis bolígrafos tienen que ser Pilot tinta gel. Llevé uniforme de colegio durante siete años y siempre lo preparé con la misma colocación: falda gris, rebeca verde, polo blanco, calcetines blancos. Sacaba de quicio a mi padre cuando intentaba explicarme problemas matemáticos: “así no me lo han enseñado en el cole. Si no me lo enseñas con los mismos pasos ¡no me sirve!” Desde que empecé a jugar al voleyball hace once años adquirí la manía de arrastrar el pie derecho por la puntera al sacar y así voy a par de deportivas rotas cada dos años. En las temporadas que paso en casa tengo que merendar siempre lo mismo a las seis en punto: leche y galletas. Asimismo el zumo de manzana no puede faltar en las comidas. Siempre que limpio la mesa del salón tengo que dibujar círculos con el paño para después pasarlo de lado a lado, como lo hace mi abuela.

En resumen: persona de costumbres fijas. Exageradamente fijas.

Cuando pisé territorio carista por vez primera, empecé aprendiendo desde abajo. A todos nos parecen peores las novatadas que vivimos y los comienzos más difíciles. Seguro que todos nos tuvimos que esforzar más en cada acto, cada montaje de fiesta, cada partido… cada todo. “Tiempo pasado siempre fue mejor”.
Puede que sea cierto o puede que no. Si atendemos al carácter tremendista de las personas es fácil separar objetivamente la realidad y darnos cuenta de que las cosas no siempre son como se pintan. ¿Y si nos equivocamos el resto? ¿Y si lo estábamos haciendo todo tan mal?
Quizá por eso, visto de una forma objetiva, no todo fue tan duro. Sin embargo de algo estoy muy, muy segura: hace pocos años, todo estaba en su escala correcta. A las nuevas les tocaba pringar, a las vicenuevas les tocaba abrir bien los ojos y empaparse de información, a las veteranas de tercero les tocaba removernos al resto para sacar adelante cada acto. Las que estaban por encima supervisaban, alejadas pero constantes.
Así lo aprendí yo, no se si fue la misma forma en la que aprendieron las que me preceden pero supongo que se asemeja en gran medida.

A estas alturas ya no se si la culpa es de mi cabeza cuadriculada que no da margen a la evolución pero realmente hay una parte de mi y gran parte en todas las que aprendieron en la antigua escuela, que piensa que la tradición es tremendamente positiva. La organización era envidiable y el ambiente inmejorable. No es así lo que he visto hasta ahora puesto que la escala básica se ha resquebrajado. No se puede culpar a nadie porque a lo mejor fuimos nosotras mismas las que no supimos enseñar. De cualquier forma, la humildad y la interiorización del trabajo de la hormiga no se enseña, simplemente sale de uno mismo o no sale. Las hormiguitas siempre se reconocen entre sí y me parece altamente extraño no haberlas reconocido teniéndolas frente a mis narices durante uno, dos, tres o cuatro años. Esto da que pensar.

Apenas me creo que haya llegado ese momento en el que sólo tengo que supervisar con una banda blanca colgada a los hombros. Desde esta posición predigo, nada más comenzar, que el viaje no va a terminar en buen puerto. Aunque espero equivocarme porque los hundimientos no fueron de mi agrado...

2 comentarios:

******** dijo...

He llegado a ti, a traves de tu publicacion de "Desahogo Merecido".

Esta publicacion me ha llegado, me tocado muy a fondo. A estas alturas habras adivinado que soy una antigua del Caro, que creo que habité algun año la 103 y si no fue la 102 o la 101 (seguro). Gracias por tus palabras, tristes pero preciosas. No se hasta donde llegará la "antigua escuela" como tu la llamas, pero podemos darnos por satisfechas de haberla conocido y de poder guardar en el tesoro de nuestros recuerdos aquellos momentos de los que hablas. Te puedo asegurar que hoy casi 12 años despues de haber salido del Colegio, casi cada dia, en algun momento de rutina diaria, evoco casi de manera automatica alguna de mis vivencias colegiales... y eso es un orgullo.

Un saludo de una ex-colegial de Almeria residente en Palma y casada con un ex-Cisneros.

Un beso

******** dijo...

Perdon, no te he dicho mi nombre:
GADOR GIMENEZ SICILIA