jueves, 10 de diciembre de 2009

Vértigos.


Cuando el universo se nos transforma en univértigo, algo cruje en nuestras vidas cada vez más frágiles. Cumbres y bóvedas se van quedando con nuestras huellas y no sabemos a ciencia cierta si avanzamos o retrocedemos. El vértigo del pasado nos sitúa entre la memoria y el olvido. En cambio el del presente vibra como un juego. Pero no es un juego, el vértigo es algo serio, tan serio que nos va cambiando la factura del rostro. Por supuesto es un riesgo. Hay vértigos que sobrevienen cuando enfrentamos un abismo entre otros que nos invaden cuando inauguramos un amor. Vértigo puede ser un vahído o una angustia, una vibración o un estremecimiento. Cuando atraviesa nuestra soledad, el vértigo se lleva la melancolía, pero nos deja más vacíos, más carentes, aunque eso sí, más estables y serenos. No obstante, cuando se nos mete clandestinamente en el sueño, nuestras pesadillas buscan como locas la salvación del despertar. La verdad es que no quiero saber nada con el univértigo; prefiero otras provincias del eterno universo.
Mario Benedetti

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