sábado, 16 de enero de 2010

16enero2010



Por Andrea Muñoz.

"Caminaba por una calleja embarrada que no hacía más que mancharle los zapatos. Qué más daba, no eran sus zapatos preferidos, ni los más nuevos; eran los únicos que tenía. Mientras avanzaba, tocaba con las yemas de los dedos la tapia de piedra que se alargaba a su izquierda, y disfrutaba muchísimo cada vez que encontraba un pequeño felpudo de musgo que crecía de ella; tanto, que le subía un escalofrío por la espalda. A veces, se paraba y hundía su nariz en el musgo para que el olor a rancio y húmedo penetrara bien en ella. Se había olvidado el abrigo en casa a propósito, así cuando regresase, el golpe de calor al acercarse a la chimenea sería más intenso, y su sangre correría más rápido, y sus manos le arderían como si estuvieran dentro de la lumbre.

Pero, pronto empezó a darse cuenta de que la idea no había sido tan buena. Sentía el frío capaz de meterse en su cuerpo con tal odio que parecía que quería partirle los huesos congelados y agarrotados. En ese momento decidió que para qué seguir caminando, si total, ya se conocía el pueblo de memoria y no tenía ningún encanto. Además, notaba que el barro se le había metido en los zapatos y odiaba el “chof-chof” a cada paso. Se miró las manos, nunca serían tan finas como las de las señoritas envueltas en pieles. Estaban agrietadas y viejas por el trabajo que nunca nadie le había elogiado. Y con las manos se tocó la cara. Los labios, llagados por el frío y que tan a menudo se llenaban de costras ennegrecidas por la mezcla entre la sangre y la mierda de las manos. La nariz, rota por un manotazo de su padre, merecido en parte por negarse a satisfacer la falta de su madre un día en que la habitual botella de vino vacía se había convertido en tres. Y los ojos. Unos ojos que en otro tiempo habían sido piropeados, pero que habían visto tanto miedo y dolor, que habían tornado de verdes a negros. El pelo no se lo tocó. Se había puesto a llover y siempre le dio dentera tocarse la cabeza cuando estaba mojada. Y pensó en las trenzas que una vez había llevado y que tuvo que cambiar por carne y patatas a una señora un tanto gris. Y, mientras recordaba, iba hincando la nariz en un trozo de musgo perfecto, el más esponjoso que nunca había probado. Y allí la encontraron, de pie, con la nariz clavada en el musgo y petrificada. Petrificada. No de frío. De recuerdos"

2 comentarios:

Tetu dijo...

Quién mejor que tú podía publicar mi primer relato?

Gracias!

Myriam dijo...

Artista!