viernes, 5 de febrero de 2010

Sumamos cuatro.


“Ea, ea, ea ¡Pichunga se cabrea!”

Empieza por una cabeza que miro desde arriba. Desciende por una melena rubia que se hace de rogar para crecer. Pasa por un corazón aniñado y lleno de favores para los demás. Continúa en un brazo doblado en 90 grados que sujeta un bolso demasiado grande para su figura. Se desliza hacia una manita que se quedó a medio crecer entre tanta mordida de uñas. Llega a un estómago que lucha con su mente para negarse a la dieta de turno. Termina en dos piernas que certifican que las mejores fragancias vienen en frascos pequeños. Culmina en dos experimentados pies taconeantes.

¿Sólo eso? No.

En cada parpadeo surge una sonrisa, con cada palabra una verdad y de cada gesto saca una explicación. Suena a “Siempre Así” y colorea en sepia y rosa. Respira mar con Madrid, viste de clase y sueña en películas americanas. Persona que deja marca… de las duraderas. No de esas con las que despertamos cada mañana por culpa de la almohada y que se quitan con un lavado de cara. Una de esas marcas que no hay láser que borre. Éstas van por dentro y se recubren con capas resultantes de cada año de amistad y de cada gesto diario porque de la rubia-borde sólo queda lo primero y a la amistad aún le queda mucho por marcar. Está más guapa cuando sonríe. Es esa la vía mediante la cual enseña lo de dentro a los demás. Hay dos formas que priman en mi subconsciente cuando pienso en ella. Tiene una forma de mirar en la que parece abrir sus puertas diciendo “quédate, que aquí estarás bien” La segunda forma es esa que tiene al aparecer por la puerta y diciendo en cada paso con el que se acerca a ti “tranquila, se va a solucionar todo”. Consigue que la incongruencia de juntar aspecto de hermana pequeña y figura de autoridad se de en una misma persona. Ella misma… La referencia que marca un camino que aún no he terminado.

Felices 24. Frase.prohibida.repetida.hasta.el.infinito.

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