domingo, 21 de marzo de 2010

La erosión de la rutina.



Las grandes encrucijadas de esta vida se viven siempre en la intimidad. Ni siquiera se precisa de dos personas. Uno consigo mismo es suficiente”. A causa de esta frase, Carlos se había enamorado de Marina muchos años atrás. El embrujo femenino de su deje al hablar, imponiendo sentencias en forma de palabras, había sido más que suficiente para que Carlos pensase en ella durante días completos y noches de duermevela.

Todos los amantes recién estrenados guardan una necesidad mutua de atarse segundo a segundo y de buscarse de hora en hora. Marina y Carlos siguieron muy de cerca las normas generales del querer e incluso crearon otras tantas particulares. Se reservaron una canción y también un postre de fruta con chocolate. Lo primero tan fresco como Carlos y lo segundo tan apetecible como Marina. Tuvieron una primera cita y se apropiaron para los siglos de los siglos del tercer banco del Parque Tres Naciones donde Carlos le respiró el primer “te quiero” a quien meses más tarde sería su mujer. También tuvieron, como todos los casados, un retrato de boda. Consiguieron lo que pocos consiguen: una sonrisa limpia y pura que clamaba a los cuatros vientos “Somos tan felices que no necesitamos demostrarlo”.

Se hicieron muchas promesas, tanto de las factibles como de las utópicas. “Haremos un cuarto para el bebé. O mejor que sean dos, nunca me gustaron los hijos únicos y siempre me encantaron los gemelos”, soñó Marina al instalarse en su casa común. Viajaron cada año a Ibiza consiguiendo compenetrar su agenda laboral durante una semana inaugurada por media hora de silencio frente a un acantilado balear perdido de la mano de Dios. En el cuarto año consecutivo, Carlos rompió esos treinta minutos sagrados diciendo “Respira todo esto Marina. Ahora recuerda para siempre que sólo es el principio de todo lo que te mereces recibir”.

Sin embargo, la erosión del tiempo en las relaciones es más catastrófica que la del viento sobre las montañas. En el peor de los casos las montañas desaparecen. Lo mismo puede pasar con el amor, pero con la diferencia de que la desaparición del sentimiento se daría en el mejor de los casos. En algún momento del desgaste de la relación, a Marina se le acabaron sus frases y a Carlos su tiempo. Un reproche condujo a otro y el hilo que tanto tardaron en transformar en cuerda fue resquebrajándose poco a poco, haciendo que cada cual caminase en direcciones contrarias aunque con la imposibilidad de abandonar el mismo camino. Situaciones que antes se medían en primera persona del plural, se habían desencajado en la primera del singular. Por no compartir ya no les quedaban ni los platos de la cena.

- Has vuelto pronto – dijo Marina sentándose en la mesa mientras Carlos cerraba la puerta tras de sí.

- Ya no aguantaba más. Una discusión más sobre el empaquetamiento de un nuevo perfume que irá directo al desastre y te juro que mis neuronas empezarían a contarse en número negativos. ¿Cenas ahora? ¿Me permites? – Carlos se agachó sobre el plato de Marina oliendo el parmesano que ella siempre había echado a sus platos y que tanto sabía a las yemas de sus dedos.

- Mmmmmm… Siempre has cocinado con tacto de diosa – dijo Carlos mientras se incorporaba rozando con sus labios la frente de ella.

- Y dime ¿fue el Director General o el Jefe de Marketing quien te dejó carmín en el cuello de la camisa?

- Disculpa, ¿cómo? –Carlos se acercó al espejo de la entrada - ¡Ah! Te refieres a esta mancha… Ya sabes como es Ana Aguirre, la Encargada de Ventas. Siempre dando esos abrazos y esos besos, cualquiera diría que es una ejecutiva en potencia. Hoy hemos hecho un brindis por ella y Alonso, que esperan su tercer hijo.

- Dios Santo, Carlos. Estás perdiendo facultades hasta en tus mentiras – espetó Marina levantándose bruscamente y tirando tras de sí la servilleta que tapaba segundos antes su falda. Carlos la cogió por la cintura y la atrajo hacia su cuerpo.

- No me digas que a estas alturas de nuestro matrimonio te sientes ofendida – susurró él. Marina ladeó la cabeza lentamente y se desató de su abrazo.

- Hace tiempo que no entiendo por qué decidiste casarte conmigo – gimió ella. Carlos suspiró.

- Porque entre todas las miradas que me rodeaban día a día yo sólo veía tus ojos. Si caminaba era para verte y si corría, para conseguirte. Esa impermeabilidad de tus sentimientos me despertaba tanta fascinación como la luz a una polilla. Sin embargo, con el paso del tiempo me di cuenta de que nunca llegaría a quemarme porque jamás has dejado que me acerque a ti. Me dejas que te toque, pero no que te sienta. Me dejas que coexista a tu lado pero nunca que te quiera. Eso, mi vida, acaba cansando al más constante… Y yo, de constancia, puedo escribir un renovado testamento.

Marina bajó la mirada.

- Estoy cansada… Me voy a la cama.

Antes de acabar de girar sobre sí misma, volvió a dar media vuelta y traspasando el alma de Carlos dijo:

- Te he guardado un plato de comida. Aunque no lo creas, hay una parte de mí que todavía te está esperando. Sálvame, cuando te acabes la cena.

2 comentarios:

Miriam dijo...

Me encanta como escribes :)

always.changes dijo...

¡muchas gracias!
;)