sábado, 19 de junio de 2010

letras, letras, letras.




Definitivamente mi sitio favorito para leer está en un asiento de avión. Pensaba que era la cama, pero no. Las paranoias filosóficas que se me ocurren en un avión no se me ocurren en ninguna otra parte. ¿Drogas? Libro y avión mucho mejor. Al fin y al cabo ¿qué más se puede hacer si no es esperar a llegar vivo a nuestro destino? Pues lo dicho. En un avión (si no caigo en estado comatoso) la lectura se vuelve diez grados más profunda.

Como vivo literalmente en otro Continente y resulta que mi vida madrileña tiene de todo pero escaso silencio y tranquilidad, los aviones han sido mi fuente de lectura a excepción de ese periodo llamado verano donde devoro libros a la par que viejas [Aclaración. *Vieja: "Pez del grupo de las doradas, común en las islas Canarias y de carne muy apreciadaes decir, mi pescado favorito sobre todo si lo cocina mi abuela Serena (abuela que, por cierto, me dio a conocer al sujeto que nos atañe)]


En una de esas idas y venidas voladoras leí la siguiente joya:


"Hay onomatopeyas providenciales. Imagínense que tuviéramos que describir el proceso de evaporación del sujeto con todos los pormenores. Serían necesarias, por lo menos, diez páginas. Plof"



Tan sublime y sencillo. De todas las formas posibles para explicar la desaparición de alguien, un escueto “plof”. En definitiva, la sencillez de la grandeza en aquellos que siempre me fascinan.

Pues eso, Saramago, que por desgracia te ha tocado el “plof” pero cuentas con la suerte de permanecer en millones de memorias y en no menos páginas.
Hasta siempre.

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