viernes, 24 de septiembre de 2010

Mi cincuenta por ciento.


Literal, metafóricamente hablando y en un sentido figurado tiene la apariencia del verso más bonito jamás escrito. Ése que, incluso leído por los escépticos de la prosa, lo único que provoca es reverencias de sombrero. Incapaz de caer mal a nadie por su aspecto, por su intelecto y por su cultivo personal.

Mi soporte y mi muelle. Mi opuesto y mi espejo sin cuyo “Adelante, está todo bien” no me atrevo a pisar territorio nuevo. Mi tesoro y mi baúl de los recuerdos, perpetuado por veintidós benditos años de coincidencia y forjado por una cantidad ingente de protección hacia ella que me nació de forma visceral hace muchos años. No me hace falta mirarla para saber si sonríe, si baja la mirada, si llora, si piensa… No me hace falta porque está aquí, conmigo. No un “aquí” entendido desde una perspectiva global del espacio-tiempo sino específicamente AQUÍ, dentro de mí. Junto a mis ganas de reír y sus ganas de seguir.

Explícitamente bondadosa, descaradamente empática y perturbadoramente cercana. Mantiene a cada paso la delicadeza del respeto que guarda por aquellos que otros descartan. Es incapaz de añadir un mal comentario a un graffiti de críticas. Es incapaz de no acabar doblegándose al perdón y de excusar a cualquier ser viviente aunque necesite mil años para hacerlo. Al fin y al cabo éso es a lo que todos gusta. Su capacidad para ver siempre la parte buena porque cree en el Ser Humano más que ninguna otra persona aún sin ser consciente de ello.

A dos pasos de su puerta se pierden mis quejas y a cuatro centímetros de su carcajada se esconde mi dicha. Mi mitad, mi segunda cara. Ésa que sé que ella daría por mí y que a su vez, yo guardo por ella. Mi identidad va asociada a la E con la que comienza su nombre y mi vida se rige, en cierto modo, por la voz de su conciencia.

Es un placer tenerte en mi vida, otro año más y para siempre.

Felices 22.
Te quiero.

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