miércoles, 29 de diciembre de 2010

Bienvenido, Mr Marshall.

Todo lo que comienza tiene su final certificado como garantía de existencia. Si todo lo que viviésemos fuese eterno, si se confundiese cada situación por custodios luminosos en la noche, horizontes marítimos inalcanzables o rayos de luz solar, el principio de lo nuevo no tendría más pasión que golpear una piedra al caminar; y la pasión, es fundamental. Al menos la que vive y se nutre de estar pegada al pecho. La que se siente como fuego intrínseco. Esa que nos incita a comenzar todo de nuevo viviéndolo como si fuese la primera vez y la que nos facilita aceptar finales sin forzar vida artificial. Sin bálsamos que alarguen agónicamente un final predecido por las normas esenciales de ciclos vitales.

Hay que asumir que, en la mitad de las situaciones vividas, menos es más y que en la otra mitad, ser más es lo de menos. Que hay tantas sensaciones como minutos vividos y que uno no puede anticiparse a ellas para estar preparado. Es una estupidez, siempre estamos un paso por detrás. Se puede esperar el oro y el moro sentado en una esquina pero al final recibir incienso quemado al levantarnos para doblar la siguiente. Bueno, ya se sabe, la vida puede dar tantas vueltas que a veces no se entiende donde nos ha soltado. Porque, en la gran mayoría de los días del año, seremos los únicos responsables de lo que nos pase; sin dioses ni destinos. Sin embargo, hay casos in extremis que llegan de golpe y porrazo, sin aviso ni permiso. Dar no siempre significará recibir y a veces recibir, no va a ser tan gratificante como dar. Por mucho que se escriba, finalmente nunca habrá nada escrito. Una vez hemos caído en cualquier pozo, por muchas cuerdas que nos tiendan, fuertes, robustas, implacables, sólo se alcanzará la luz si la motivación sale de dentro. El primer paso es agarrar una de las cuerdas. El segundo, subir. En ocasiones para sobrevivir, es más importante tener sueños en la guantera que sangre en las venas. Aderezar sentimientos o decisiones con excusas no alimenta más bocas que la de los cobardes enfermos de indecisión. Que la vida ya nos da suficiente motivos para pasarlo mal y que por tanto, no nos hace faltar emplear otros tantos en pasarlo peor. Al mirarnos al espejo, no encontramos más reflejo que ese al que le vamos a deber absolutamente todas las explicaciones de nuestros actos: uno mismo. Se descubre entonces, que ser consecuente va a ser la única razón que nos facilite domar la conciencia en los peores momentos. Ese siempre es el mejor camino para ser brutalmente honestos con los ajenos y los propios.

El 2010 ha estado marcado en muchos aspectos por la redondez del cero. Sin embargo, lo ha estado mucho más por la rigidez del uno. Quizás hay que probar empíricamente aquello que uno pensaba que le iba mejor, para darse cuenta de que quiere todo lo contrario. A veces, luchar contra la cabeza se transforma en un juego de niños comparado con la batalla campal que supone enfrentarse a las entrañas. Similar es defender que se coma a base de avena cuando en realidad se preferiría probar la guindilla. Y a lo que no se quiere, hay que ponerle solución: cambio y corto.
Por todo, mejor que el 2011 viva la sinuosidad del dos y el acabado perfecto del cero que le continúa, para que el uno siguiente no tenga más fin que formar una pareja de ases con el último.


Siendo lo bueno tan exclusivamente corto y tan placenteramente intenso, no entiendo como nadie se atreve a quedarse para perder. Yo, quiero empezar ganando.
Sin equipaje que pese ni máscaras que escondan. Con destellos de lucidez y profundidad de locura…

Bienvenido, 2011.

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