jueves, 24 de marzo de 2011

Mis títeres nacieron sin cabeza.


Quizás uno de los mayores defectos de nuestro país sea la vuelta y vuelta a los mismos temas. Hace no mucho escuché la broma acerca de qué habría sido del cine español sin que hubiese ocurrido la Guerra Civil. Lo mismo podríamos decir sobre nuestra literatura. Necesitamos un pasado para entender nuestro presente, de eso no hay duda. Sin embargo, creo que es de admirar la habilidad de ciertos países como Japón o Alemania para recordar pero sin rencor. Todos deberíamos aplicarnos el cuento. Y digo todos, porque no me sirven las protestas en su día contra la Ley de Memoria Histórica y acusarla de remover el pasado innecesariamente pero al mismo tiempo aprovechar cada ocasión criticable para recordar el Paracuellos de Carrillo. La división entre dos bandos debería haberse abandonado hace dos generaciones pues fueron los últimos en sentirse lícitamente afectados. ¿De verdad es tan difícil hacer borrón y cuenta nueva? Supongo que para los que contamos con menos de treinta no especialmente.
Al caso viene ahora la preciosa cualidad de ser consecuente y sus efectos. Si pedimos consecuencia, vamos a ser consecuentes todos. La división entre adeptos a las rosas y adeptos a las gaviotas huele a manío y los debates entre ambos dirigentes me parecen tan ridículos que no voy a escudarme en la defensa de la intervención en Libia por haber estado presidida por un tal JLRZ y no criticaré a ultranza la decisión en Irak por haber sido tomada por el señor JMA.
Las cruzadas heroicas que dividen el bien del mal comienzan a asustar hasta a los más despreocupados. Se podría entrar a debatir dónde se sitúa el bien y dónde se sitúa el mal pero creo que es mucho mejor resumirlo en un acertadísimo dicho popular: “Donde dije digo, digo Diego”, o lo que es lo mismo: “Señor Gadafi hoy es usted mi mejor amigo. Señor Gadafi mañana púdrase usted en el infierno”. Llámese Gadafi, llámese X. Resulta especialmente significativa la actitud de EEUU. Parece ser que los dirigentes de dicho país han mezclado la actuación de sus mejores estrellas de Hollywood y de esta forma intentan reflejar con su política internacional en una misma película la arrogancia de algún sheriff del Oeste, la estereotipada valentía de superhéroes varios y situaciones apocalípticas que, de no existir, ya las inventarán ellos. Tras los norteamericanos, por supuesto, los aliados de turno. Estos últimos cambian de pelaje según las circunstancias.
Más allá de que cualquier guerra sea particularmente complicada, el caso concreto de la intervención en Libia rezuma arrepentimiento por los cuatros costados. Los mismos Estados que han recibido no sólo petróleo sino también regalos tan dispares como caballos de pura raza o espadas de oro, son los que ahora pretenden parecer los salvadores del Planeta. No señores. Los mejores líderes son los que están a las duras y a las maduras puesto que la misma enajenación mental que muestra ahora Muamar el Gadafi, la mostraba hace diez, veinte y treinta años. No se puede negar la evidencia de que quizás no se cuente con todos los medios legales necesarios para derrocar cada una de las dictaduras que se suceden en cada parte del mundo. Sería una utopía creerlo posible. Sin embargo, hay un verdadero abismo continental entre recibir pomposos obsequios por parte de un dictador al que se le llama aliado y desearle pocos años más tarde una buena estancia en el infierno.
Cabe destacar el hecho de que la defensa de la intervención en esta guerra dependa del visto bueno de la ONU. Realmente no se trata del visto bueno de los 192 estados miembros. Se trata de la decisión de no vetar esta guerra por parte de los cinco de siempre. Resulta que esta intervención interesa mientras que hay otras dictaduras que mejor no perturbar. Puede que las razones sean tan esclarecedoras como que en Libia existe petróleo mientras que en otros países no. La verdad es que los intereses ocultos están llegando a un nivel de enrevesamiento difícil de descifrar. Se ha llegado a un caso extremo, es cierto. Pero también es cierto que todos y cada uno de los países que hoy intervienen han dejado que esta situación llegue hasta donde está ahora. Hay ciertas situaciones en las que el blanco y el negro deberían primar sobre los grises. O siempre héroes o siempre villanos.
Ahora bien, también creo que más vale tarde que nunca. Sí; los políticos son unos hipócritas. Sí; el mundo se mueve por intereses eventuales que pueden cambiar tanto como la noche y el día. Sí; ninguno de los Gobiernos que ahora intervienen sería por tanto, ejemplo de moralidad alguna puesto que todos han sacado provecho en algún momento de relaciones un tanto cuestionables. Ya que han sido unos cobardes tanto tiempo ahora que al menos escondan el rabo entre las patas y apoyen a los valientes que sí han decidido plantarle cara a su dictador. Creo que es lo mínimo que pueden hacer. Me resulta cuanto menos irrisorio el hecho de que mientras en Libia haya personas luchando literalmente por su futuro aquí nos estemos ocupando de si Fulanito o Menganito tomó o dejó de tomar una decisión hace ocho años. Lamentable por parte de todos.
La intervención quizás no es una solución perfecta pero ante una situación surrealista se necesitaba una actuación urgente. Dictaduras por el mundo hay a patadas pero dirigentes que se empleen literalmente a fuego contra su propio pueblo para defender su puesto, pocos (claro ejemplo las revueltas acontecidas en Egipto y Túnez donde la vía escogida ha sido la rendición). Además se cuenta con un factor clave que no muchos mencionan en profundidad: Muamar el Gadafi. Alguien que se autonombró Líder de la Revolución en un intento por reencarnar entre vestimentas imposibles a Nasser y al Ché. Alguien que se escuda tras su Libro Verde y afirma no ser Jefe de Estado como tal. Entonces ¿qué solución se encuentra? “Disculpe Gadafi, no sé si se acuerda de nosotros. Le hemos estado bailando el agua alrededor de 40 años pero resulta que ahora ya no nos cae tan bien ¿sabe? Así que le vamos a proponer algo: ¿por qué no convoca elecciones?” ¿Posible? Puede. ¿Efectivo? Lo dudo. Ojalá si, ojalá existiesen alternativas posibles a la intervención armada. Aquí entra en juego la legalidad facilitada por la ONU bajo la resolución de 1973. Existen así límites (en este caso, imposibilidad de atacar con efectivos por tierra y misión principal de garantizar la seguridad aérea) y no se trata de una guerra abierta. Irak lo fue, les guste o no a quienes la apoyaron. Consecuencia de la libertad que tomó por cuenta propia EEUU fueron las torturas ejercidas sobre presos iraquíes reconocidas por el señor Bush en un discurso elaborado en septiembre de 2006. Señalo aquí que no pongo la mano en el fuego por no comerme mis palabras ya que no me fio de una panda de dirigentes con principios tan descaradamente volubles pero al menos hay una garantía que da la ONU, autoridad entre autoridades, para lo único que me importa a mí: la libertad del pueblo libio.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

"(...)Alguien que se autonombró Líder de la Revolución en un intento por reencarnar entre vestimentas imposibles a Nasser y al Ché (..."

Hugo Chávez?

Héctor dijo...

Yo,que ya aborrezco esta historia, y fíjate que hasta será trending topic, sólo digo

http://www.march.es/conferencias/anteriores/voz.asp?id=2572

Que aproveche.

Noelia Olbés dijo...

Pues Chávez otro que tal baila... pero al menos se ha sometido a las urnas.