jueves, 12 de mayo de 2011

Petit.

¿En cuánto estimamos el tiempo óptimo para tomar decisiones? ¿Cuánto debe durar entonces cada decisión desde el momento de su toma hasta que acaba rompiéndose en otra idea nueva? ¿Es correcto reinventarse o mejor permanecer en el limbo de la cabezonería equivocada?

Quizás no existe un baremo de rectitud en el que escudarse para saber que hacemos lo correcto en cada momento. Sin embargo, para eso contamos con flotadores que impiden que volquemos ¿no? Es, si me permiten decirlo, fundamental tener a alguien que nos enseñe que las decisiones pueden cambiar de un minuto a la siguiente hora aunque éstas ni nos gusten ni creamos que sean dignas de admitir.

Así, es fácil aprender que cuanto más pensamos más nos equivocamos pero que para contrarrestar podemos elaborar discursos casi sin parar, sin tiempo a reaccionar. Consecuencia lógica de este bien (porque no es un mal) será arrastrar una especie de falta de aire continuo; al reír, al hablar, al llorar… La solución se encuentra entre extrañas técnicas dirigidas por el diafragma y terminadas en el hemisferio izquierdo. Ese que nos dice “atrévete” esquivando el parar para pensar.

Quizás no lo he hecho bien del todo en el cuidado del sustento de esa locura interna a modo de Pepito Grillo de 1.56. Noto a veces serios desequilibrios en mi balanza de pagos porque no llegan todas las cuentas que quisiera a mi muelle. Sin embargo es extraño eso que mantiene anclado dentro de uno el hecho de que un día algo llegó y que difícilmente se irá. Un murmullo de fondo continuo, pausado y seguro que se contrapone a la dueña de su causa: impaciente, activa, agitada.

Mantenemos de esa base que es posible atreverse. Que se vive hoy porque mañana ya se verá. Que hay más Mundo del establecido y más posibilidades de las que vemos.

No hay forma de escape para su influencia aunque los errores fisuren su presencia. La verdad es, que no contemplo una fuga, ni tan siquiera una mella.

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