lunes, 13 de junio de 2011

El día en el que decidí saltar al mar.

El día en el que decidí saltar al mar
rompí primero memorias ahogadas en sequía
desdije después toda lacra envenenada de persecución
castigué por último al naufragio en vida de penas y vergüenzas.


Descubrí urgando en mi ceguera
que de veras existen terceras salidas
tan deseosas como refulgentes
de ser vistas en su espera.

Dejé de inventarme como problema
para tampoco quedar como solución.

El ayer saltó vencido por la escotilla
y bajó por el mástil a mi encuentro el mañana
escapando mis pánicos por proa
mientras se alzaba el destino desde popa.

El viento estalló la agobiante brújula interna
fulgurante siempre de desvíos impropios
que me abocaba incansable a colisión
contra un horizonte remojado en desdichas.

Se evaporaron en sal todos los rechazos
ascendiendo hasta la gran cúpula negra
que, esta vez sí, encontré prendida en candela.

Entró el sosiego pidiendo permiso por mis párpados
descendiendo desde su quietud hasta el alma
para terminar estacionando en mis entrañas
antes afligidas, agotadas, perpetuamente remendadas.

Se armaron mis ganas de premura
en el convencimiento tranquilo de que el salto
transformaría la decisión en acierto.

Y entonces, sólo entonces
salté.

Publicado en Aires de Silencio

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