sábado, 11 de junio de 2011

El porqué de un sí rotundo.

En general, la vida es un desastre. Nada suele encajar en los huecos que uno necesita que se rellenen. Por ejemplo; un día cualquiera, de cualquier estación, de cualquier puerto, nos fijamos como objetivo imprescindible para el transcurso de nuestra vida cotidiana, conquistar Saturno. Dirigimos todos nuestros actos por la buena senda de su conquista. Puede pasar (de hecho pasa más a menudo de lo que creen) que mientras buscamos conquistar Saturno topemos por el camino con una hilera de estrellas donde nos sentimos más cómodos y realizados. Nuestro objetivo cambia estrepitosamente porque de repente encontramos, que el fin en sí mismo, es nuestra estancia en dichas estrellas. ¿Y Saturno? Pues Saturno que pase a mejor vida, porque ya no encaja en la nuestra.

Ya lo dijo Cervantes: "Ladran los perros, luego cabalgamos" que viene a decir, traducido por humilde vocablo adaptado al s.XXI, que lo importante es causar cualquier efecto, por diferente que sea. Se los aconsejo encarecidamente… Lo de ir por la vida causando efectos, digo.

Podemos experimentar otra infinidad de ejemplos como eso de amanecer a las 7 a.m. sin filtros para el café o descubrir al acabar de ducharnos que se nos olvidó coger toalla. En la inmensidad de ejemplos desastrosos, resaltan ciertas cosas mucho más trascendentales y significativas pero no hace falta ponerse tremebundos para saber, que la vida es dura. Hay días que no son días sino preludios de noche, y noches que no son más que el cúmulo de expectativas diurnas nunca cumplidas.

Y de repente llega. Que sí, que sí... Reinventada entre controversias de una noche de fiesta o un viaje a Rio pero, al fin y al cabo, una pequeña inyección de adrelina pausada. Puede que el influjo demoledor de la voz de Martin (marido por antonomasia de Sonia, aunque él no acabe de enterarse) aumente el efecto psicodélico de ese trocito de alegría aislado; no lo niego.

Pero lo más importante, es que todo, absolutamente todo, deja de ser un desastre.