domingo, 12 de junio de 2011

Y sin embargo.

Cúbranse las ideas de vistosos mechones delineados por sol y sal. Cuando se presentan sin preaviso es difícil, sino, verlas venir. De golpe e impacto, hacen retumbar las paredes de la parte más vulgar de nuestra existencia; la que echa el ancla en lo más hondo de nosotros. Mejor que nos pille aseados y en condiciones óptimas, porque son ellas las que saca a relucir nuestro Mejor, nuestro alter ego.

Resáltese el color cristalino de sus ojos los cuales disfrutan de un privilegiado filtro de sinceridad, para todo lo que entra pero sobre todo, para todo lo que sale. Entreciérrense los párpados cuando se complazcan de lo que oyen, un poquito más cerca, un poquito mejor; aupados por ambos pómulos, crecidos por la curvatura de su sonrisa.

Quédese la risa en las duras y en las maduras, a diestras y a siniestras. Y en riesgo de desaparecer, acuérdese ésta de que firmó un pacto con el diablo para mantener por el resto de sus días, plaza fija en cada hora. A veces en cada minuto, a veces en cada segundo.

Establézcanse los pasos firmes de aguante del mundo y parte del universo, que viene uniendo brechas entre su ropa habitual y la que viste su memoria: mallas, recogidos, flecos y pies al aire. Sepárese el porte cobarde del erguido. Para el primero no hay cabida, el segundo es deber y obligación.

Quiébrense hábitos, actitudes, razonamientos, sentimientos. Ya poco es como antes y mucho se llena de “a partir de ahora”. En el fondo – le dije un día – todos somos iguales. Más por suerte que por desgracia, acabé acertando. ¿Por suerte? Preguntarán. Ahora es cuando explico que sus “yo jamás” cruzaron la frontera teñidos de “también caí” y desde ese momento hasta para siempre jamás, sabrá como levantarse. Hecho éste que no deja de ser absolutamente bienaventurado para mí pues, si bien me ocupo de intentar que no caiga, ella misma sabrá como levantarse mejor de lo que yo le ayudaré nunca.

C’est la vie.