domingo, 3 de julio de 2011

Y tú, ¿de dónde eres?

De donde yo vengo, contamos siete aunque presumimos de ocho. Adoramos a otros tantos pequeños asociados y los cuidamos desde la costa de las grandes.

Todos nacen y la gran, grandísima mayoría, se hace. Significa esto toparse con la palabra “endémico” y que suene a “Bienvenido a casa”. Se calla poco, poquísimo, siendo lo más habitual vivir de puertas para afuera. Los buenos días se dan abriendo brazos y en momentos tensos lo mejor es enseñar la sonrisa antes que dar la espalda. Como en muchos sitios, se nos bautiza propiamente al nacer pero como en pocos, tenemos nombres muy nuestros procedentes de lo guanchón de nuestra historia y un apodo general: miniño (o miniña, según el sujeto a llamar) Somos adictos a ponernos las cosas fáciles y es que así, nos conocemos todos de entrada.

He oído entre fuentes extranjeras que, a veces, es desesperante para muchos comprobar qué bien asentados tenemos los lazos transatlánticos, de entraña a entraña casi, pues ya no distinguimos quién absorbió de quién las arepas y las guaguas. Los sones nos llegan del oeste, la nacionalidad del noreste y la hospitalidad nos rebosa por todos los frentes. Desde dentro puede llegar a parecer que entre unos y otros no nos aguantamos en exceso pero, una vez se cruza la frontera, lo importante son los nuestros y ya después llegarán los demás.

Arropamos lo mejor que podemos. Unos tipos pequeñajos y vibrantes viajaron a Sudáfrica y allí que fuimos todos. Otro lleva un tiempo asentado en el norte del norte y de repente, quisimos un poquito más a aquellos que le quieren tanto por su balón. A otros les dio por cantar y colapsamos las líneas telefónicas. Mandamos a un señor de tinte realista a cerrar filas entre los grandes de la literatura española. Hay un Mojo Picón que bota buscando la canasta en liga gringa. Presumimos de crear óperas mediante la potente voz del apellido extranjero con acento de casa. Incluso hay quien nació entre plataneras y triunfa en las Américas diseñando el calzado de quien pisa alfombras coloradas. Allí donde están, les buscamos y honramos. Porque somos un poco así, padres de todos.

Es verdad, no contamos con muchas pretensiones. Pero lo que para algunos puede suponer un pecado en defecto, nosotros sabemos que lo suplimos disfrutando de aspiraciones reposadas. Las cosas, mejor al golpito, que no hay por qué correr si no es para sumergirse de un buen salto en el mar. Así, vamos un pasito en hora por detrás del resto y un gran paso por delante del tiempo. Lo importante para encontrarse en uno mismo es saborear el aquí y el ahora. Está bien, lo admitimos, no somos perfectos. No tenemos la rectitud exquisita de los mejores pero es que desde chinijos nos enseñaron que la cercanía es un don en el trato del tú a tú y si a alguien hacemos caso, es a quien nos crió.

Arriamos grandes velas blancas y las observamos pletóricos desde las avenidas. Los alisios resbalan entre nuestras venas alborotando el sentir isleño. Anclamos raíces azules, blancas, amarillas y verdes a través del drago milenario y nuestras lágrimas salen de muy adentro en forma de lava a través de la boca de nuestros volcanes. Nos guiamos por los faros silbando eses, cuando estamos fuera. Muchos regimos nuestra paz al compás de las mareas y construimos sueños a través de castillos de arena. La gente huele a sal, suena a dulce y se acicala de sol. Es por eso que los mayores cuentan con puros mapas por piel. Tantos años bajo los rayos acaban por marcar la denominación de origen en moreno imborrable. Acunamos a muchos desqueridos, lo mejor que pudimos, para llegar a satisfacerles como necesitaban aún sin conseguirlo.

Más allá de las Columnas de Hércules estamos, las Afortunadamente Atlánticas.

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