viernes, 30 de septiembre de 2011

Perplejidad.


Qué cosa extraña, Lejana:

nunca te recuerdo desnuda,

siempre llevas algo puesto:

un abrigo rojo,

una falda larga

y, en pleno verano,

una blusa cerrada.


No, nunca amanecen en mi memoria

tus senos descubiertos,

ni tus muslos,

ni el fino triángulo

que cubría tu sexo.


Tu desnudez permanece

como una flor en la sombra,

como si alguien me castigara

devolviéndote

no solo a tu misterio

sino también a tu virginidad.


Y pensar que, entonces,

ardíamos juntos

como un par de leños.


Qué riguroso, Lejana, el modo

en que volvieron a vestirte

las manos del tiempo.

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