domingo, 25 de septiembre de 2011

Raíz cardiológica.

Tengo una raíz anclada al corazón. Y no hablo del corazón como impulso metafísico de amor. Hablo del corazón como músculo y órgano principal del sistema circulatorio. Dicha raíz nace en mí pero no me pertenece o, al menos, no soy dueña y señora de su crecimiento. Llegó hace cuatro lustros y treinta y seis lunas llenas. Si algún aventajado se atreviese a echar cuentas, constataría que hablo de toda una vida; de toda mi vida; de toda su vida.

No todos contamos con raíces ajenas nacidas desde dentro, así como no todos estamos capacitados para ir sembrando semillas en otro corazón que no sea el propio. Para llevar a cabo la segunda proeza hace falta nacer en un molde especial, de esos que dicen que guardan ángel. Para disfrutar del primer privilegio hace falta delinearse bajo una pasta especialmente empática y cómplice con el sujeto nacido dentro del molde mencionado. Cuando ambos sucesos se entrelazan, ya pueden empezar a volar los fuegos artificiales.

Por tanto, que la odien los que menos y la quieran los que más no es sorpresa para nadie (y menos para mí). Que tenga la gran habilidad o el sutil don de emplear la palabra correcta tanto en el declive de una nación como en el ascenso de un imperio, tampoco. Para verla sólo tengo que buscarla por aquí dentro, entre los ocho mil registros de sus maneras que guardo bajo la retina. En el tacto de su voz, el sonido de sus suelas, el olor de sus gestos…

Milito a este lado del mundo porque existe tal y como es si ella vive dentro. Con seguridad de caída en las esquinas, asfalto errante en función del distrito de vivienda, cabos desde el muelle de la vergüenza hasta el barco Indulgencia y grandes montañas que sustentan mejor que las columnas a sus templos.

Si no la hubiese conocido, probablemente viviría en otro mundo

pero no sería

ni la mitad de rico

de lo que es.


Felices veintitrés...
...y que siga la función

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