viernes, 4 de noviembre de 2011

Hay personas que viven enseñando y al resto sólo nos queda vivir aprendiendo.

Serena


Noviembre ha nacido extraño y yo le he seguido como un perro faldero. Sin prestarle mucha atención a las horas rellenas de rutina, de golpe y porrazo, me he dado cuenta de que después de veintitrés años, dos meses y seis días de crecer a raíz de alguien, digo, conociendo las bases de verdad, se pueden descubrir muchas cosas pero, sin duda, lo que más sorprende es que de sobra se desconocen muchas otras.

Enseñar. En esencia y alma, enseñar. Está bien, está bien… Lo admitimos. Ella parte con ventaja cuando no me quedó más remedio que ver la luz del mundo con sesenta y seis años de desventaja. Sin embargo, hablo de alguien que nació y se hizo para enseñar. Así, uno se queda con conseguir pintar veleros y soles con pincel y témpera en mano sobre piedras bien redondeadas. Con los pirulís de naranja al horno y el sancochar papas previo pelado en óvalo perfecto. Demostrar cualquier tipo de frustración con la palabra “corcho” como máxima expresión mal sonante. Entender que uno sin familia no es uno sino nadie. Recordar que hubo un chico en La Palma al que sólo se le permitió vivir de un alimento y optó por el que le recomendaba la anciana: “de lo que te crió tu madre, de lo que te crió tu madre”. Entender que desde ese momento en adelante yo no podría dejar de tomar leche ni un solo día bajo peligro estricto de muerte. Con el aprender del sutil arte del chantaje emocional a un hijo y echarse a llorar para que las hijas de ese hijo se quedasen un sábado por la noche a ver cintas de Jacques  Cousteau y a dormir tarde. Más tarde de lo que se reza el Rosario. Cómo no, con exprimir a la Rosa de los Vientos a través del hurto de higos conseguidos desde el techo del Mitsubishi, del festín de pejines fritos tras un baño con sabor a cloro y con los baños en el mar, Atlántico, mar de mares.

Con tanto trabajo que restan los casi noventa, algo nos tocará hacer al resto. Por ejemplo, aprender que ya no seremos cuatro en la mesa de los agostos. El asiento de mi izquierda deberá aprender a quedarse vacío y mi lado izquierdo simplemente deberá aprender a sustentase sólo. Mi orgullo deberá hablar en pasado con aquello de tener una abuela que estudió una carrera, desarrolló una profesión y que además se llamaba Serena. Claro está que Villa Serena se quedará sin socio fundador. El trazo de mi letra tendrá que prescindir de la única persona que creía que siempre podría mejorar un poquito más. Sin embargo, sentencio que el mundo es quien lo tiene más difícil. Tendrá que aprender a vivir sin ella.

Creo, de una forma en la que sólo las personas que tienen fe pueden creer, que en el fondo, nos calan más hondo de lo que tontamente creemos. De dónde me va a venir tal compasión si no es de ella. Siempre he pensado que exactamente desde una mañana de julio en la que un grupo de niños huérfanos de Puerto del Rosario vinieron a bañarse en la piscina de casa. Las monjas que los cuidaban les traían de tanto en cuanto pero mis cinco años sólo me guardaron el recuerdo de aquel día. Enrolados en ´bomba va´ y risa viene, descubrieron que sería divertido navegar en círculos sobre mi jirafa gigante (En serio, era gigante. Absolutamente descomunal).
-       Abuela que han cogido mi jirafa.
-       Noe, ni siquiera tienen padres pero mira qué contentos están porque tú les puedes prestar tu jirafa.
Sonrisa, asentir con la cabeza, punto en boca y a correr para jugar con ellos, que a los mayores de los mayores hay que creerles.

Ya ves, abuela, que incluso los ateos creemos en algo y que mi salvación no está del todo perdida gracias a ti. 

En serio. Gracias a ti. 

2 comentarios:

Jesús dijo...

Como siempre Noe has expresado con tus palabras lo que sientes, espero que esté donde esté (seguramente en su cielo) se emocione al leerlo tanto como me he emocionado yo

Noelia Olbés dijo...

Eso espero Papá :)