jueves, 24 de noviembre de 2011

Nos han convertido en funambulistas.



Hubiese querido nacer al más puro estilo Benjamin Button en versión habitante de Venus, es decir, como anciana, para por supuesto morir bebé. Tan sólo me hubiese gustado para disfrutar de aquello que el Derecho denomina presunción de inocencia y el barrio llano cita como beneficio de la duda. Nos han engordado como pavos para Navidad. Nos han moldeado como plastilina para acabar rompiéndonos en añicos de cristal. 'Para mis hijos sí. Todo lo que yo no tuve' Bajo este principio universal algunos, que no todos, han proyectado antiguas ilusiones baldías en nuestro futuro, en el futuro de la sangre de su sangre o de la sangre ajena, ya que estamos. Nos hemos visto arrojados al chino mandarín, a ser estallidos inciertos de cuerdas de guitarra, a la riqueza interpretativa y al deporte de alto rendimiento. Todo eso, claro, de lunes a jueves después de clase como actividades extraescolares en déficit de energía. Los festivos, según los usos y gratificaciones, hemos sido empleados como férreos creyentes o ávidos lectores. Nos hemos acostumbrado a empezar nuestra enseñanza a los tres años y acabar con veinticinco. Posgrado incluido si el bolsillo da luz verde. Nos exponemos a la bajeza cultural que nos provocan sus leyes, cambiantes de Guatemala a Guatepeor. Se atreven, incluso, a reírse de la situación logsil. No hay verdad mayor que aquella que dice que sólo el imbécil mira al dedo que señala al cielo. Por aquí hemos ganado campeonatos mundiales, aumentado en altura y número de pié y hemos engordado las cifras de jóvenes universitarios por metro cuadrado español. Sin embargo, muchos, demasiados, nos sitúan tumbados sobre el césped, áspero, mugriento y embarrado, con las gafas de sol ligeramente caídas hacia la izquierda, una camiseta con dos enes y dos íes bien bordadas a fuego, un cartón de vino en una mano y un fajo de billetes de Papá en la otra. Haberlos haylos (y muchísimo peores, que conste en acta) pero en lo que respecta a nosotros, callamos y tragamos. Tragamos y callamos. Me atropella una señora con un bolso de magnitudes estratosféricas, relleno probablemente de medicinas que ni necesita ni usará pero que bien merecen echar horas infértiles en el ambulatorio faltando el respeto a los sinceros. Me desplaza el hombro del golpe que me propina y me resigno al escuchar que 'esta joven de hoy no tiene educación' por el mero hecho de existir. Por el mero hecho de interponerme en su camino. Recalco, que sobramos para muchos. Para demasiados. Nos han preparado la carpa para convertirnos en funambulistas sin cuerda y nos han empujado al vacío. Vacío que rellenamos en fronteras extranjeras, que cruzamos a cuenta gotas, uno a uno, todos fuera. Me arrepiento por ustedes al pensar que nos están perdiendo ya que aún hoy se preguntan, ciegos como murciélagos expuestos a rayos UVA, por cuáles serán nuestros motivos para estallar. Nosotros, mientras, pasamos tras su espalda con las maletas hechas y callando y tragando.

En este país, ilustres señores, magnánimos adultos, letrados del ayer y verdugos del mañana, ya no nos queda ni quemar las naves.

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