sábado, 14 de enero de 2012

Conversaciones electrónicas (y ajenas) en el vagón.


Hoy he desviado la vista de las páginas de Murakami para echarle un ojo a la conversación blackberryana de la chica que estaba sentada a mi derecha en el vagón del metro. Era morena, de rasgos fuertes, cejas abultadas pero definidas y ropa acertadamente invernal. Podría ser descrita como sutil belleza del norte. Sutil y subjetiva belleza. Exactamente así.

La conversación que mantenía la chica “X” con sujeto desconocido (llamémosle “Y”) comenzaba con un: “¿Hola?

A lo que “Y” contestaba un: “¡Ey! ¿Qué pasa? Yo hasta arriba de exámenes ¡Uuuf deseando acabar!

A esa pregunta con orgullo herido descaradamente simulado y a esa respuesta convertida en excusa desde la primera letra, continuaron frases cortantes por “X” y palabras con muchas letras y exclamaciones por “Y”. Por supuesto, mi descaro se avergonzó una octava y no puedo asegurar a ciencia cierta lo que decían aquellas frases. Sin embargo, a veces basta con las formas para descartar el contenido. 

Me imaginé las ganas de algo grande de “X” y la simple urgencia resuelta del segundo (“Y”). Me imaginé a la primera sentada frente al mar y repasando todo lo que había hecho mal. Escuchando una y otra vez X&Y e intentando comprender. Me imaginé muchas cosas porque la imaginación es de las pocas parcelas libres de privatización.
Entonces yo, la entrometida, tuve ganas de ponerle mi mano alentadoramente sobre el hombro y decirle: “Querida, mal empezamos”.

(Salvada por la estación)

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