lunes, 30 de enero de 2012

De eso que se recuerda y no se sabe por qué.


De niña apenas pesaba. Se podría decir que no he cambiado mucho. En mi defensa debo decir que todos los niños por definición son menudos. Ya lo decía el título de aquel viejo programa de televisión.
En los aparcamientos de gravilla de, por ejemplo, restaurantes en paradores de montaña, mis padres me adelantaban dejando ruidosas huellas a su paso. Me encantaban los crujidos de las piedrecitas, los pasos acompasados, un pie tras otro. Yo les seguía vestida con mi chándal azul de corazones blancos y mis playeras de velcro. Pisaba dejando un ruido imperceptible, literalmente. Era demasiado pequeña, demasiado ligera y si alguien a mi lado hubiese cerrado los ojos no le hubiese resultado difícil imaginar que levitaba imitando al aire. Así pues, sin encontrar otra idea más efectiva, siempre me echaba a correr esforzándome en pisar con fuerza contra el suelo. Llegábamos al coche, me acomodaban en un sillón sin protecciones (que es lo que se estilaba en la época) y, mientras mi padre arrancaba, yo miraba por la ventana pensando muy solemnemente  en que quería crecer y pesar mucho más para dejar mi propio ruido por el mundo. Como mis padres.

Tendría entonces cuatro o cinco años. Parte de esa lucidez se quedó por el camino. El chándal azul de corazones blancos, por desgracia, también. 

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