domingo, 5 de febrero de 2012

Laxitud ética como nueva expresión favorita.



Puede que algún día hayas tenido que sufrirlas. En plural o en singular. Puede que algún día tengas que hacerlo. 
Se reconocen de forma inmediata porque siempre empiezan conversaciones que no saben acabar. Resoplan a menudo cuando hablan por teléfono de la manera más inadecuadamente sonora posible. No son del todo claras, quizás porque nacieron incapacitadas para ello. Son discapacitadas del raciocinio, exactamente. Se enorgullecen de no haber leído un libro en su vida, al menos de forma voluntaria. Y creen que ese comentario dicho en alto las enaltece. Insulsas hasta la médula (que es un sitio muy, muy de centro del Ser). Una de sus pocas preocupaciones es empezar a beber a la hora de comer y seguir bebiendo en la madrugada después, por supuesto, de hacer parón para una saludable siesta a las once de la noche. Hacen comentarios inoportunos, en lugares inoportunos, a la gente más inoportuna. Acostumbran a salir trasquiladas si molestan a quien no deben. 
Tengo que adelgazar” es una de sus frases estándar para buscar el halago fácil. El halago siempre es un aliciente para que puedan levantarse por las mañanas por algún motivo que no sea dar un paso tras otro. Si al menos fueran guapas no tendríamos todo perdido. Pero no. Les queda bien su sonrisa impostada de foto. El pelo ladeado y esa permanente expresión contra natura. Les queda bien eso de ir de torpes. Esconden de una forma bastante acertada la ignorancia de quien quiere mantenerse ignorante.
Se preocupan más por sus zapatos que por la papeleta que emplean. Casi da pena pensar que tantos cerebros se estén malgastando en, concretamente, nada. Aunque la verdadera pena es que la poca decencia que se esperaba de gente así yace de remojo en amoniacada putrefacción. Seguramente verás un rótulo que diga algo así como “Aquí yace mi decencia” y, frente al vistazo, un cubo humeante de intenciones fallidas evaporándose a través de una laxitud ética apoteósica.
Hay tantas que hasta da miedo mirar. Muchas y ridículas, sí, pero que nadie se alarme. En algún sitio hay que guardar el serrín.

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