domingo, 11 de marzo de 2012

El nuevo romanticismo (II Parte)



El nuevo romanticismo a veces se come en forma de menú del día mediante carnes fraccionadas (carnes de todo tipo). Otras veces se muerde a sí mismo para mirarse dividido en dos. El lujo del nuevo romanticismo cotiza a 50 céntimos prestados para un café. El privilegio del mismo, compartir los primeros pasos del domingo: perezosos, frenéticos a veces, íntimos siempre.
La falta de metros cuadrados se suple con el encaje entre una pierna y un muslo. El estómago contra el lumbar. Un pie por aquí, una mano por allá. Del día a día a veces se aprende que encajar es importante. Amoldarse a otro cincuenta por ciento es vital para plantar los pies en la parte tangible del mundo y no perder de vista el rumbo. Encajar en un molde compartido es como un bostezo a gusto, a primera hora de la mañana.
El nuevo romanticismo ya no cree que sea una desfachatez hablar de anarquía peinándose la raya a la derecha ni mezclar ideologías con monarquía mientras aún se mira al espejo. Tampoco una desvergüenza eso de comentar que el  comunismo es un buen planteamiento mal aceptado, mientras se seleccionan fotos de una cámara cuyo precio bien vale el sueldo mínimo. Algo absurdo, leído de primeras. Infaliblemente todo eso le pasa al nuevo romanticismo antes del primer café.
Nos dice que las cartas de amor nunca debieron ser publicadas.  
Y que entre el norte y el sur siempre hay una frontera. 

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