viernes, 3 de agosto de 2012

La novena planta.



El despertador suena cada mañana con puntualidad inglesa a las 7 a.m. Hoy no es un buen día a pesar de todos esos cinco minutos de más que he conseguido arrancar. El invierno espera detrás de la puerta y con la primera ráfaga de viento llega la pereza. Un trayecto más. Tanta gente, tantas malas caras, tanto gris… Tanto gris. Madrid es una ciudad difícil a primera hora. Saca lo peor de todos. Sólo se oyen bocinas e incomodidades. Si consigo sobrevivir al superpoblado transporte, llego al número quince de nuestra calle. El primer buenos días siempre se da con una sonrisa. Este Pedro, qué desayunará. Cuando no me acuerdo de que siempre es mejor tomar el primer café acompañado, me paro en la máquina. Los mejores días son aquellos en  los que tengo paciencia y espero a bajar con los demás. El trayecto en ascensor es largo. Las conversaciones cortas. Bueno, ya es jueves, ya queda menos. Qué sueño ¿eh? A veces intercambio un par de palabras con una señora cuyo acento parece haber salido directo desde una estación de trenes de Oklahoma. Me cuentan que lleva unos quince años en España. Yo me lo creo.

Hola. Hola. Hola. Las oes del primer ‘hola’ siempre se alargan. Hoooola. Hoooola. Hoooola. Qué sueño. El botón siempre emite el mismo sonido. Que todos los problemas sean esos. Entonces empieza el movimiento. Pero hoy no es un buen día. Pasa la primera hora y las sillas de alrededor se llenan. A veces no hace falta mucho para no tener un mal día. Simplemente se quiere, se guarda y se mima. Oigo una broma. Y sonrío. Joder, qué difícil es tener un mal día en paz. Tengo que levantarme a buscar algo. Siempre hay que buscar algo.  Entonces llega el primer qué guapa estás hoy. Y sonrío. No se puede tener un mal día. Bajamos a por otro café. En el ascensor vemos a un señor de canas. Empieza el espectáculo. Bromea con finísima intención. Casi sonríe introspectivamente. Y todos soltamos carcajadas por el diálogo delirante. El mal día me ha durado exactamente dos viajes en ascensor.

Al principio no se llega a entender mucho de nada, como en todas partes. Quiénes son los de abajo, quiénes los de arriba. Arriba no hay más plantas, eso seguro. Pero qué bueno descubrir todo esto. Las páginas desde el principio hasta el final. Pero qué sueño más bueno. Al poco la cuerda se afloja y se nota más espacio para caminar. Al tiempo la cuerda se suelta por completo y se aprende a hablar, a compartir, a opinar, a ayudar, a participar. El recibimiento se da con los brazos abiertos. Se coge el gustillo a las horas extra que, afortunadamente, suelen ir acompañadas de una caña. Cómo podríamos sacarle creatividad a ésto… Ya sé. Lo digo. Lo aceptan. Lo agradecen. Lo agradezco.

Hay épocas en las que los libros vuelan entre mesas. Se acumulan papeles, correos, revistas, periódicos, carpetas, tareas. Se oyen quejas por todo y de todos, rara vez un grito. Hay épocas en las que no se sabe muy bien dónde poner la vista, las ideas o la intención. Por supuesto, éstas son las que menos. Lo peor es ver marchar a la gente porque se rompe en parte cierta seguridad y mucha estabilidad. Ahora que estábamos todos tan cómodos. Lo peor de ver marchar a ese alguien es no darle el hoooola de muchas oes cada mañana.
Para bien o para mal la vida es cambio. Se empieza con un mal día y se acaba dando las gracias a la novena planta por el tiempo que llega. Por los tiempos que llegan. 

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