domingo, 21 de octubre de 2012

Mil ochocientos veinticinco menos doscientos diecisiete días.

Anoche el telediario abría el parte con el tiroteo de Albacete. Un tiroteo en Albacete. Ni que fuese Nueva York. El primer 'bang' ha bastado para perder de vista al norte. Podría ponerme flamenca y decir que es la última vez que enseño mi espalda. Que no habrá más abrazos porque el último prolongó toda la lejanía del mundo. Podría ponerme flamenca e ignorar el aleatorio y su Sweet Disposition. Podría. Vivo en un eterno condicional. Pasadas unas horas, y bien entrada la noche, soñé con el dedo de menos. Esta mano va a pecar de ligereza. A partir del cuarto suspiro perdí la cuenta. Un marco rojo mira al cielo y crea una lágrima que sigue su camino en ángulo recto hacia la muerte, justo en el beso de un tímpano. Parece romántico. Sólo lo parece. Después soñé con todas esas cosas que no se pueden googlear: dónde empieza la madurez, a qué precio desgarramos nuestra intimidad, quién merece ser feliz, quién merece hablar o quién callar. Al teclear ‘traer de vuelta’ me remite a información sobre sectas espirituales. Pienso en quienes deberían marcharse para no volver. Un ejemplo: todas esas aves carroñeras que viven de la poca luz que consigue mantener su prójimo (que no su semejante). En cierto modo son una secta. Google es un dios muy preciso.

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