lunes, 19 de noviembre de 2012

Sed felices y comed perdices.


La felicidad tiene cierto carácter de obscenidad pero la tristeza es de buen comer en mesas concurridas. Después de cualquier episodio negativo (llamémoslo 'x') el escozor puede nacer en el hecho de no contarlo.  Me horrorizan esos casos de parejas rotas que esclarecen sus pensamientos en la limitada intimidad (nótese la ironía) de sus decenas de amigosfacebook. - Inciso: amigosfacebook es un término que abarca desde amigos del alma hasta rollos de una noche. Tal profusión de sujetos están autorizados para conocer desde el color de nuestras sábanas hasta nuestra cita del martes con el dermatólogo. - Que digo yo que el corazón se nos rompe a todos por igual pero debe ser que no, porque a unos se les rompe con más elegancia que a otros. 
Antes de trepar por los cerros de Úbeda quería pastar en otros campos: exhibir felicidad. Vago concepto. Puede que ese fenómeno de explosiones de tristeza se deba a la presión constante, que exije no se sabe muy bien quién, por exteriorizar sentimientos. Ahora bien, ¿qué sentimientos? ¿exteriorizarlos cómo? Todo lo malo para fuera que dentro se pudre. Y aquí que llegan los estados, canciones, aliteraciones fotográficas y demás parafernalia. No pasa lo mismo, decía, con el sacudir de momentos felices. "No me fío de esas parejas que tienen que mostrar su amor por todas partes" Sin embargo los llantos a gritos internautas... Vaya, eso sí que son llantos. Ni 'te quiero' es más querer por mostrarlo a doscientas personas más ni un quejido es más pesar por lo mismo. Tampoco funciona la viceversa, no se me confundan. Quien está feliz lo está en cualquier parte. Quien está triste también. La ciudad siempre la llevamos a cuestas, que decía Kavafis. 
Con todo este concluyo con que en cualquier canal que no sea estrictamente tradicional (reduzcamos pues el campo al tú a tú) nada es lo que parece. Y, a veces, no nos vale ni con eso. 

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