martes, 4 de diciembre de 2012

B i l b a o II

En los aeropuertos siempre se está perdiendo algo. Un hasta luego, una experiencia, una etapa, un día, un avión. El miedo a moverse, también, pues técnicamente ya se está en trayecto. Los abrazos en los aeropuertos son más abrazos incluso si éstos no suponen una despedida. Algo así como el ron que encuentra su raíz en el verano o como el maíz que rota alrededor del sol. Bilbao es una ciudad abierta a las intenciones del mar. Cualquier costero que se precie reconoce que el mar es un plus para las ciudades. "Bueno, pues entonces os une el Atlántico" nos dicen al llegar. Cualquier romántico que se precie reconoce que el mar es un plus en los poemas derrotados. 

Al acabar de subir el tramo de escaleras, y tras una parada de atónita expresión, pienso que follar como salvajes-de-cara-a-la-galería debe de ser así. Con todos esos gritos, gemidos, golpes y ruidos selváticos. Hemos tenido suerte dejando vivir al niño que late por dentro sin necesidad de asesinar al adulto que paseamos por aquí fuera. Cualquier viajero intrépido que se precie sabe que como mejor luce lo salvaje es en el tú a tú, sin galerías que valgan. 

Sobre la pared blanca del Guggenheim, dentro del recorrido dedicado a Egon Schiele, luce un -without shame, without guilt-. A su lado dibujos de niñas desnudas, o casi. Familiar y vulgarmente desnudas. La cercanía es todo eso. Mirar con lupa es sólo eso: los dos pesos de la balanza. "Siempre pensé que podrías haber sido un modelo de Schiele". Me gusta mi lupa. 

Bilbao es una ciudad de piedra tranquila. Hay que pasearla, mimarla, palparla. Bilbao es una ciudad que, dicen, tardó en despertar. Se ve que cuando despertó lo hizo bien. Bilbao es una ciudad donde ganamos mucho. El tránsito de ningún aeropuerto podrá con ella. 

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