lunes, 31 de diciembre de 2012

Un diecisiete de julio, no hace mucho.

Limpieza de portátil. Escritos desorganizados por aquí y por allá. Algo como ésto, que aquí rescato:

Hicimos alguna broma sobre ella. Nada para ridiculizarla, no éramos así. Buscábamos un “¡Por favor…! Yo no le guardo fidelidad”. Corrijo: lo buscaba él para agradarme a mí. La falta de lealtad es un daño callado y algo peligroso. Un arma de doble filo que le ha explotado en la cara. Reíamos por ese entonces. Íbamos en el mismo equipo. 

Con el tiempo yo acabé cambiando de División. Hace falta más que alguna frase para jugar partidos. Ahora él juega a todos los efectos en el equipo de ella y yo procuro, un poco por decisión involuntaria de todos, no parar ni por las gradas. Es una cuestión de educación y de elegancia. La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida. Quizás hagan bromas sobre mí. Puede que ellos sí que sean así. A ciencia cierta sé que algunas frases, las que yo solía oír, se mudaron con él desde nuestro antiguo banquillo hacia el nuevo (o seminuevo, digo). Quién sabe cuántas cosas nos llevamos en la mochila para reutilizarlas. Quién puede diferenciar lo que nos llega mascado de lo que no. 

Supongo que todos queremos pensar que somos únicos, novedosos, impúberes. Queremos creer que el otro nunca ha sido intoxicado por nadie y parte desde la inexperiencia. Nunca es así. Siempre hubo un antes. De una forma u otra siempre lo hubo. Lo único que podemos hacer es digerirlo y no pensar en ningún antes porque, si aparece por algún flanco, seguro que es para joderla. 

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