jueves, 28 de febrero de 2013

Cuando el amor es tan sencillo como un movimiento de cabeza.


Así como han llegado los septiembres sin exámenes, llegaron los agostos sin despertador. No hay sonido de la alarma. Tampoco necesidad de apagarla antes de oír esos pasos rápidos por el pasillo. No veré ese hocico asomando por la puerta ni esa cabeza empujando hasta entornarla lo suficiente como para poder entrar. No llegarán esas montañas de pelo pelirrojo hacia mi cara para darme los buenos días. No reiré ni saldré de entre las sábanas con la sonrisa aún en la cara. Me levantaré y haré algunos movimientos automáticos. Abriré la puerta principal y veré tres o cuatro pájaros picoteando el suelo de la entrada pero no saldrá ese hocico a inspeccionar. Me prepararé el desayuno sin hacer demasiado ruido. Café con leche, zumo de naranja, cereales. Lo pondré todo sobre el mantel de cuadros azules y blancos. Mientras, no entrarán esos pasos caracterizados por la displasia de cadera sufrida por algunos pastores y que supone no alternar demasiado las patas traseras. No se sentarán, éstas, lentamente sobre las baldosas blancas frente al hueco de la gran puerta y con la vista puesta en el jardín. Notaré cómo entra el aire fresco de la mañana y, por inercia, cogeré el mando de la televisión para poner el Canal 24h. Me quedaré con la mirada fija en los hibiscos del final del jardín y con la cuchara llena de cerales a medio camino entre mi tazón y mi boca. Sin embargo, esta vez, al salir de mi ensimismamiento, bajaré la mirada hacia esas baldosas blancas que antes él ocupaba. Y no encontraré, esta vez, a Bécquer girando su cabeza para mirarme y comprobar que me había conseguido despejar una mañana más. No le volveré a ver girar las orejas hacia el frente con la elegante rectitud que le caracterizaba. No sonreiré de nuevo ante su imagen. O sí. Sin embargo, esta vez, ya no estará.

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