jueves, 6 de marzo de 2014

Leopoldo María Panero


Estuve años cruzándome a Leopoldo María Panero por Las Palmas sin saber que era él. Vestía ropa de vagabundo, hablaba con vagabundos y se comportaba como un vagabundo. Era un vagabundo con dos excepciones: dormía en un psiquiátrico y escribía poemas. Habrá quien se lleve las manos a la cabeza. ¡No sabías que era Panero! Una vez leí que Canarias es la región de España con más pobres de solemnidad porque no mueren de frío. Esto significa que llevo viendo a los mismos vagabundos desde que tengo uso de razón. Pasó mucho tiempo, como digo, hasta que asocié su cara a su nombre. 

La última vez que lo vi, esta vez sí, sabiendo quién era, me lo crucé de frente. Fue durante las vacaciones de Semana Santa del año pasado cerca del Parque Santa Catalina. Caminaba pesaroso, llevaba ropa sucia, una bolsa de supermercado en su mano izquierda y un esparadrapo con algodón en la frente cubriendo lo que parecía ser una herida. Murmuraba, hablaba solo. Le hice una foto a su espalda. 

Habrá quien quiera decir que Panero era un vagabundo distinguido, un loco con estilo, un maldito con cigarro que optaba por echarse sus siestas en los bancos de los parques pero sin necesidad de. Hay gustos para todo. Panero sin ser Panero era uno más. Habrá quien pensase en él como una ilusión romántica, sin duda. Los locos quedan bien como ideal literario. Yo creo que el pobre Panero fue un loco que sabía escribir.  

Descansa En Paz el hombre, de una vez, que ya era hora. 

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