martes, 24 de febrero de 2015

NO VENGAS A ENSUCIAR MI CASA

Mi primera influencia en el fundamentalismo ecológico fue mi hermana. 

[NOTA 1: He tenido que preguntar a mi madre por la validez de esta creencia. Su respuesta ha sido: "Siempre has sido así". Sin embargo, y sin que sirva de precedente esto de que mi cabeza funcione mejor que la de madre en lo que a mis asuntos se refiere, recuerdo que mi hermana es la primera persona que conocí anteponiendo el bienestar de cualquier animal ante el de ella. Aún si esto significara quedarse sin besar/abrazar/coger en brazos a cualquiera de nuestros perros]

No sé si esta conciencia es una bendición o una losa. Cada vez que tiro un desecho, de cualquier tipo, a su contenedor correspondiente (¡por supuesto!), siento que estamos un paso más cerca de la desaparición de todo lo que quiero. Puede que fuera feliz siendo un amish radical (pero de costa). 

Haber nacido en un archipiélago sustentado casi en su totalidad por el turismo me provoca sentimientos encontrados: impotencia y defensa suicida. Ha sido una bendición, sin duda alguna, pero esta necesidad económica del servilismo a lo que llegue, de la modificación de nuestro paisaje con tan poquita inteligencia y la falta de sostenibilidad en el crecimiento de las masas es enervante. Creo que por esto me gustan las ciudades antiguas: apenas hay margen para su modificación. Sé lo que voy a encontrar. Por eso se me cae el alma a los pies cada vez que vuelvo a Fuerteventura (bastante menos en Gran Canaria, pues no llegué a conocer su virginidad). 

Pero volvería mil veces más.

Tampoco es que no me guste Madrid. Su falta de noción del tiempo, sus domingos hiperactivos y sus noches transitadas (no sé si es la ciudad que nunca duerme pero, desde luego, duerme poco) crean adicción. No obstante me resulta, cuanto menos extraño, que sea cláusula obligada salir a oxigenarme periódicamente de esta ciudad que supuestamente amo.

Los madrileños tienen la suerte de que les hayan traído el mundo: museos, teatros, cines, festivales, ferias, conciertos y extranjeros que parecen convertirse en ciudadanos. Sin embargo, también sufren el infortunio de no llegar a conocer nunca lo que hay más allá de sus fronteras.

Mi cabeza vive entre dos mundos: el querer y el deber.

Hoy he hablado de mi padre sobre los planes de verano y vuelve el déjà vu con la urgencia de volver y la pena por abandonar. La imposibilidad de no poder alargar estancias. El no saber si la insularidad se queda en buenas manos. Si sabrán usar la cabeza y no el bolsillo antes de que sea tarde. La incapacidad de no luchar desde la frontera (por ahora).

Así que, te lo pido por favor: te lo daremos absolutamente todo
pero no vengas a ensuciar mi casa.


Barco agitando arena del fondo del mar

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