miércoles, 30 de diciembre de 2015

UNA HISTORIA DE AMOR


En base a algunos detallitos que ha ido dando mi madre a lo largo de mi existencia creo que cuando nací el manual de instrucciones que traía bajo el brazo se titulaba «Insoportable»: tendencia al totalitarismo, orden enfermizo, afán ejemplarizante y psicosis ecológica.
Tenemos que remontarnos a un caluroso mes de agosto de 1988. Viki estaba muy a gusto con la inconsciencia de sus dos años y nueve meses, sus pañales, sus cosas y sus juguetes aún sin tocar dentro de sus embalajes (esto lo contaré en otro capítulo) cuando llegó el pequeño Kim Jong-un a casa: yo.

Creo que desde el primer momento nuestra relación ha estado marcada por su paciencia y mi rápida irritabilidad. Dice Sabina que «al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver». Sabina es un señor bastante certero en esto de componer letras pero aquí no ha tenido en cuenta a las excepciones: Viki y yo llevamos volviendo más de dos décadas al lugar donde fuimos felices y sin haberlo dejado nunca de ser. Hay muy poco trabajo por hacer si eres el hermano pequeño: la responsabilidad, cuanto menos, es compartida, siempre se cuenta con un disco duro B (bueno, en el caso de Viki, su memoria de pez no pasará a la historia) y el Mar Rojo ya estaba separado en dos cuando me tocó cruzarlo. Admiro su capacidad para reír, su ausencia de juicios y que me haya cuidado y soportado a lo largo de todos estos años.

Hoy Viki cumple 30. Si buscan en Google "felicitación para una hermana" van a encontrar montañas de infamia pastelera a las que les aconsejo no acudan nunca en caso de emergencia. Así que voy a resumir toda la parte sensiblera de nuestra historia de amor en un par de frases:

Cuando nací ya estaba allí
hasta hoy
y para siempre.


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