martes, 29 de marzo de 2016

LA NADA

Me callé algunas cosas y ellas creen que estoy loca, que soy tonta y que no te conocí. ¿Tú lo callaste todo? Lo callaste todo.
- ¿Qué sabe ella?
- Lo que saben los demás.
Ahora soy dueña de lo que no sabe amén de lo que sé.
Ellas me miran de lado. Sonríen. «¡Oh! Ahí va con el corazón roto y la tapadera a un lado», y me ven con mi vestido de novia y el pelo cano, arrastrando tierra seca. Las novias o las nadas. Y yo para ellas soy la nada.
A veces me acuerdo de algunas cosas buenas. Hice una lista (¡una lista!) y la borré sólo por el placer de permitirme olvidar. Ahí se fueron mis recuerdos, en menos de lo que dura una palmada, ya sabes, pero aún así me miran con cara de «eso nunca me pasará a mí
». Las mejores hostias son las que no ves venir.
Ellas creen que no me atreví a nada. O a poco. Creen que soy uno de los pájaros que volaba sobre la cabeza de Cenicienta. Todo pluma azul, todo irrealidad, todo estupidez. Te enterré pronto y en privado. «No es verdad, no es verdad.» Ellas se ven fuertes. Aconsejan como si no estuvieran ajadas, usadas y malheridas, por partida doble. Hablan como si no tuvieran la cara colorada.
Lo último, lo penúltimo, fue una cucharada de café con aceite de ricino. Lo definitivo, gota. Chico: lo que pica, cura.
No creías que me olvidaría de tanto. Qué gracia. Los papeles, la tortilla; todo ese rollo. A veces abro el armario de la cocina y ahí estás. Una silla, una mesa alargada, un mantel de otro siglo, langostinos fríos. A veces recuerdo un corte de pelo. Cinco o doce bromas. Un sombrero de paja. La foto del resto del agua en las baldosas rojas. El jersey. Un corte de manga. Las cejas de la ironía. Un boceto no muy conseguido. Dos letras seguidas. La camiseta. Me miro el trozo de piel seca y sonrío a la ausencia. Ellas se ven resabidas. Resabias. Se complacen. Se ajustan la rebeca. Se peinan los brazos.
¡Eh! Al final del día, la verdad, chico, es que no me acuerdo ni de lo último que me dijiste.

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