viernes, 8 de julio de 2016

PAPÁ, MAMÁ Y EL PUEBLO

Mis padres nacieron con unos años de diferencia en dos islas diferentes. Mi padre es un poco mayor que mi madre. Durante su infancia y juventud estuvo en contacto con la tierra (las huertas, los productos que no pasan por Sanidad) y estuvo en contacto con el mar (la pesca, los años en los que aún se podía mariscar). Desde entonces ha desarrollado unas cuantas habilidades en parte favorecidas por el entorno, en parte propiciadas por haber tenido dos hijas de ciudad: pescar, cazar, arreglar desperfectos aleatorios y hacer la declaración de la renta (esto último sí que es consecuencia directa de la parte en la que tuvo dos hijas toletas). Alguna vez le he dicho, medio en broma medio en serio, que tenemos que irnos juntos de retiro estilo El último superviviente para que me transmita los conocimientos necesarios por si llegase el apocalipsis. 
Mi madre, en cambio, nació en Las Palmas. Capitalina, como yo, aunque, por lo que me cuentan, tengo la sensacion de que nació en una época en la que la ciudad todavía guardaba cierta dignidad de pueblo; intimidad calmada. Si bien no era un pueblo, la vida se movía en el sistema de barrios. Mi madre pasó mucho tiempo con mi bisabuela, supongo, por aquel carácter que tuvieron de familia numerosa en el que los niños se encajaban como podían. Mi madre se sabe muchos trucos de memoria: así se cocinaba antes, así se iba antes, así se cosía antes, así se comía antes, así se hacía antes. Antes, antes, antes. A mí me encanta el antes y, de hecho, tengo nostalgia de épocas y momentos que no viví.

Yo no tengo ningún pueblo-pueblo. En Canarias no está muy extendido el concepto de "mi pueblo", quizás, porque estamos a medio camino de todo. Nací ya en una ciudad grande. Con suerte de mar, sin duda, y con carácter isleño, menos duda aún, pero grande. Las ciudades grandes tienen unos cuantos códigos inamovibles: hay que ir limpios, "no vayas sola", "te paso a recoger" y todo ello conlleva cierto nivel de libertad cohartada. Nunca tuve pueblo, como decía, pero sí sensación de pueblo. Cuando íbamos a Fuerteventura, mi hermana y yo, estábamos en contacto con la tierra y estábamos en contacto con el mar (NOTA: con el verdadero mar y no con el metro cuadradado que te queda después de sortear quince alemanes en cualquier bonita playa grancanaria). Corralejo no tenía semáforos y tenía fiestas (¡esas fiestas de pueblo!). A veces caían duchas con una manguera, escalada de árbol para robar higos, viajes en el barco de abuelo, baños en altamar o acampada en la playa con aseamiento básico bajo garrafa de agua. Llevábamos incluso "ropa de Fuerteventura" (la sigo llevando) aunque allí se supiese que "esa ropa no es de aquí". Fuerteventura era (es) nuestro coto del lado salvaje de la vida, siendo niñas de ciudad. 

Por eso me ha gustado tanto este artículo. Yo no tenía pueblo pero mi sensación de pueblo es mi patria.

1 comentario:

Irene MoCa dijo...

Cómo me gusta leerte de vez en cuando, señorita Noelius!