miércoles, 24 de agosto de 2016

Sobre el artículo «La cultura de la violación y la locura», de Barbijaputa

La primera advertencia que recibí, o la primera que recuerdo, fue a los nueve o diez años cuando nuestros padres comenzaron a darnos permiso para ir al cine con nuestros amigos previo trato de irnos a buscar al terminar la película. «No vayas al baño sola». Con esa edad sospechaba que habría ladrones de niños, con caramelos de los malos, escondidos en los váters y acechando para cuando hubiese descanso en 'Titanic'. No me concretaban el por qué del peligro y yo tampoco lo preguntaba. Fue el motivo primigenio por el cual, al menos en mi círculo, siempre fuimos acompañadas. Después llegaron los «puedes quedarte hasta las ‘x’ horas pero si te vas a volver sola puedes venir cuando se vengan Fulanito o Menganita.» Resulta que el último que entraba en casa era Fulanito porque antes nos dejaba a Fulanita y a mí en nuestros portales (¡Gracias, Fulanitos!). Después los: «toca el telefonillo aunque tengas llaves para saber que subes», «yo te llevo» o «te doy dinero para el taxi pero no vengas caminando».

Hasta aquí son libres de pensar que mis padres son una rara avis que me ataban a la pata de la cama en días alternos y en fiestas de guardar. Ok. 

Después llega la Universidad y el Colegio Mayor. Fuera de casa, lejos de nuestro círculo familiar, más consejos: «No crucéis el Parque del Oeste solas cuando se haga de noche». En invierno en Madrid anochece antes de las 18.30h así que pueden suponer que era una hora loca para ser consciente de que estás cometiendo una imprudencia al volver de hacer fotocopias en Dodaes. También llegaron las noches de discoteca (o fiestas en colegios colindantes) y los: 

- Me voy ya. 
- ¿Sola?
- Sí, no te preocupes. 
- No, te acompaño (¡Gracias, amigos!) – o, en su defecto, los: 
- Ok, pero dame un toque cuando llegues.

Esto era una petición que nosotras nos hacíamos (hacemos) entre nosotras pero que nunca hicimos a nuestros amigos. Y durante todos esos años, y hasta hoy, las historias de los portales, los ascensores y de los garajes o de los «no me apetecía pero…», los «no me quiero quedar sola con él así que no te vayas» a relativos desconocidos y los «cuando voy caminando de noche finjo que hablo por teléfono y me coloco las llaves entre los nudillos». Debo tener, también, amigas y conocidas muy locas. 

En la casa en la que vivo ahora tengo que caminar algo más de cinco minutos desde el Metro hasta el portal (y no siempre funcionan todas las farolas, Carmena) así que si sé que voy a volver de noche suelo reservar un presupuesto para los taxis. (Inciso: gracias a esos taxistas, también locos, que me han dicho en algún momento de mi vida los «no te preocupes. Doy la vuelta para dejarte en el portal» o «espero a que entres que no me gusta el que viene por ahí». Mis besos y abrazos desde aquí).

Así que durante toda la vida tienes el tufillo a miedo tras la espalda y rehusas hablar de este tipo de detalles en parte porque te da muchísima pereza explicar una sensación que no se puede explicar, en parte porque sabes de antemano que hay personas que no lo van a entender nunca, en parte porque crees que eres una miedica y que estás loca. Pero, queridos, el problema está en que ellos no son cuatro locos. Y nosotras tampoco.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Buenisimo. Mejor contado imposible!