martes, 28 de febrero de 2017

ELLA SIEMPRE ESTÁ, DE JOSE GONZÁLEZ

Hace unos días H. y yo fuimos a la presentación de Ella siempre está, de Jose González, en la librería madrileña Tipos Infames. La primera impresión que te llevas de Jose es que se trata de una persona atenta y cariñosa pero eso ya me lo había chivado H., así que aquí no hay exclusiva. Presentaba el libro, amén del editor, Gabriela Ybarra. Gabriela publicó hace un par de años El comensal (ed. Caballo de Troya), librito al que hace tiempo tengo ganas leer. Gabriela es dulce y educada. Daban ganas de abrazarlos e invitarlos a cervezas.  Todo junto.
Por oficio me he tragado decenas (¿cientos?) de presentaciones así que siempre es un alivio y una vía de escape encontrarte con alguna que no te aburre hasta el suspiro sonoro. Arrancaron la charla sobre el libro con una canción (mi memoria de pez no recuerda cuál es) al piano, rica en contraste. También intercalaron algunos fragmentos de video de una entrevista de Carl C. Jung, interesantísima. Esta sí la he encontrado porque Google es maravilloso. 
Hablaban Gabriela y Jose sobre la herencia familiar, mencionada en el libro. Como aún no he tenido tiempo de leerlo, aunque lo haré, no puedo citar literalmente  lo que comentaban pero decían algo así como «no tenemos suficiente con la herencia de los vivos como para que ahora nos caiga encima la herencia de los muertos». Pensé entonces que la herencia de los vivos puede ser irritante y castrante: las expectativas, lo que debes ser, los mandatos, lo que esperan de ti aquellos que están por encima... La herencia de los muertos es incluso peor. Con la herencia de los vivos también conviven los defectos de éstos que, en el mejor de los casos, se toleran. Con la herencia de los muertos sólo queda cohabitar con el recuerdo: genérico, descafeinado, dulce, distante, filtrado… Una putada. De repente se encuentra uno con objetos inútiles pero valiosísimos repartidos por las estanterías y compartiendo espacio con regalos que no pediste de los vivos que un día serán muertos, tradiciones que tendrás que guardar por respetuosa perpetuación de quienes no están, y espacios a los que volver, siempre y cada año, un poquito más. Quedas esclavizado, en resumen, por un montón de circunstancias a las que, en vida del difunto en cuestión, nunca hiciste el menor caso porque no encajaban con el. La herencia de los muertos te echa más cuerda encima de la que ya te meten al nacer y un día oyes hablar de un libro y te preguntas: ¿En qué momento voy a crear una herencia propia?

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