lunes, 27 de marzo de 2017

UNA TARDE

El último domingo de febrero me acerqué a casa de J. y G. a comer. La casa es la de siempre pero no está como antes. Prepararon algo de pasta y G. decía que no estaba buena. Era mentira. Mis amigos cocinan mejor que yo y les quiero y les odio por eso. 

Hablamos de cosas triviales: los viajes, la puesta al día, las idioteces; la amistad. Después de comer pasamos al rutinario repaso de vídeos y canciones que siempre creen necesario que vea y escuche para el alimento de mi intelecto. La mayoría de las veces no les hago caso, sobre todo a G., que se empeña con ahínco en que me guste al primer vistazo todo lo que termina y empieza por rap pero que rara vez lo consigue. A la mayoría de sus gustos me sumo con efecto retardadísimo. 

- «Joder, G., es escuchar Formation y entrarme unas ganas locas de ser negra»
- «Been there since 2006, nigga»

Aquel domingo me estuvieron enseñando vídeos de Gata Cattana aunque creo que no era la primera vez que la escuchaba. También de Pedro Ladroga bailando con-la-Ca-tta-na

El martes anterior al viaje de mis primeros carnavales en doce años, y cuando ellos ya estaban en Nueva Orleans, salí pronto de trabajar, sobre las cinco y cuarto, y me fui al gimnasio. Venía H. a buscarme porque le llevaba unos libros, creo. «Te acompaño hasta la entrada del gimnasio y después me voy a hacer fotocopias». Cuando llegamos había una ambulancia en la entrada, circunstancia bastante común al ser este un barrio de arrugas. Los sanitarios estaban algo despistados. Tenían que entrar y llegar a un punto del mercado pero no sabían exactamente por dónde subir. Mi gimnasio está en la tercera planta de un mercado tradicional. Es sitio de bíceps y de lechugas. Cuando pasé el torno vi a un grupo reunido en torno a alguien que parecía estar tendido en el suelo junto a la escalera que conduce a los estudios de la segunda planta. Un monitor hacía la reanimación a una chica de piel muy blanca y pelo muy moreno. Joven. Le habían colocado una serie de parches sobre el tórax por si fuese necesario el desfibrilador. Me enteré después de que no habían conseguido activarlo porque detectaba un pulso muy débil. Tenía un tubito en la boca. «Sólo tiene 25 años». Algunos monitores andaban despacio, en círculos, sonriendo: «No pasa nada. Tranquilos. Cosas que pasan». No éramos muchos los que estábamos por allí. Me metí en el vestuario a cambiarme, impotente, diciéndome «joder, joder, joder». No sé por dónde me metí la camiseta. La limpiadora, siempre discreta, lloraba mientras le pedían papel absorbente. Las situaciones delicadas tienen algo de caos obsceno. A dónde ir, a dónde mirar, qué hacemos. Cuando se hicieron cargo los del SAMUR, las gallinas sin cabeza nos dispersamos. Le habían abierto una salida de aire directamente desde el pulmón. Subimos al estudio para levantar pesas aunque sin sentirnos bien por pestañear. 

Se la llevaron viva pero muy grave. Falleció a los dos días. La autopsia determinó, me han contado, que una alergia le había inflamado las vías respiratorias y la dejó en parada. En aquel momento no la reconocí. Hay gente que no merece morir pronto pero ella menos.

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